la abuela Silveria
Todos los niños, o casi todos, hablaban de su abuela como de alguien entrañable, cariñoso y cercano. Yo sólo pude conocer a una abuela, por parte de padre. Escribir sobre ella, pasados los años, me resulta curioso, porque el recuerdo que mantengo en la memoria puede que no sea demasiado simpático, pero sí interesante.
Mi abuela era una mujer altiva y orgullosa. Nunca fue guapa, de hecho era el vivo retrato de La Gioconda.
Jamás me contó un cuento ni jugó conmigo a nada. Su existencia podría parecerse a una novela de las hermanas Bronte. Su madre, Aurora, era una mujer fascinante. Se separó cuando las mujeres no se separaban, fue amante de un torero y musa de escritores y pintores. Tenía un enorme álbum con dedicatorias que mi madre entregó a una casa de subastas y se vendió por un dineral .Aurora, mi bisabuela, ha sido un referente para mí, porque siempre me hablaron mal de ella, y cuanto peor hablaban, más me gustaba.
Era amiga del rey Alfonso XII, tan amiga que le regaló su reloj, de oro macizo y grabado con sus iniciales. El reloj está en una caja fuerte. A cambio, ella le obsequió un bastón con puño de platino. Aurora era recibida en la casa real por su título nobiliario, Baronesa de Charbonier y Pasalagua. Su hija, mi abuela Silveria, dicen que era en realidad hija del torero, pero Aurora le coló la paternidad a su todavía marido. A mí, eso de que la abuela fuera la hija del amante de su madre, me parecía fantástico.
La abuela Silveria vivía con tres criadas, Virtudes, Socorro y Anita. Siempre tuvo servicio porque no servía para nada. Cuesta creerlo, pero no hacía nada, nunca tuvo responsabilidades, ni aficiones ni pasiones excepto el hecho de comer. La abuela comía todo el tiempo. Se levantaba tardísimo, desayunaba, y a la una comía. Le gustaba tanto tragar que se hacía servir todos los platos a la vez para poder contemplarlos mientras engullía sin parar. Una de sus frases célebres era : “ Yo en la mesa, soy hasta soez”.
A las cinco de la tarde se atizaba el primer güisqui acompañado de una barra de cuarto entera y con un queso de camembert untado. Luego seguía bebiendo y fumando chester corto. Cenaba a las ocho y se acostaba por lo menos con seis wiskys. Nunca la ví borracha, tampoco alegre. Su mundo se reducía al gran caserón del ensanche de Barcelona, una mansión de casi mil metros, altanera y dantesca, como ella misma. Los muebles, enormes y de caoba, me producían un gran respeto, tanto como el mayordomo del abuelo, Dimas, que parecía un príncipe. Yo sentía un gran cariño por el chófer, Fernando. Era un tipo muy divertido que me recogía cada día del colegio y me daba caramelos de goma. Alguna vez nos escapábamos al puerto para ver los barcos, pero los abuelos no lo sabían. La casa, fría e inhóspita, parecía un museo. El abuelo Francisco era médico, biólogo y geólogo. Su despacho estaba lleno de condecoraciones honoríficas. Le atropelló un coche saliendo de dar clases en la Universidad Central y los alumnos salieron a limpiar la sangre del catedrático. Con su muerte repentina se descubrió la existencia de su amante, Angelina. Iban juntos cuando el coche le arrolló. La abuela nunca habló de ello. No me sorprendió lo de Angelina, estaba cantado que le ponía los cuernos porque la abuela era una mujer imposible. No tenía conversación, no salía a la calle excepto en contadas ocasiones, normalmente para bautizos, comuniones y funerales. Vestía de negro desde que recuerdo. Todos los martes venía una modista, Andrea, que le hacía batas de estar por casa todo el tiempo. Tenía en su armario más de cincuenta batas negras, largas hasta los pies, de invierno y de verano. Todas olían a lo mismo, una mezcla de naftalina y carne magra rociada de aquel perfume horrible llamado “Maja”, de Myrurgia.
Cuando la abuela enviudó, no volvió a salir a la calle nunca más. Pasaba las tardes mirando por la ventana de la tribuna, criticando a todo el que veía y controlando los movimientos de la casa de enfrente, donde, según ella, unas putas recibían clientes.
La terraza era enorme y una de las vecinas era alemana. Eso es lo único divertido que recuerdo de mi abuela. La alemana no sabía una sola palabra de español. La abuela y yo salíamos cuando estaba la Sra. Schullte, y decía, sonriendo: “Buenos días, Señora Schultte, ya veo que sigue usted siendo el mamarracho de siempre”. La pobre mujer asentía con la cabeza, yo me partía de risa. “ Oiga, cartofen, que no se entera usted de nada, sabe cómo se dice autobús en su idioma…subenestrujenbajen ….”. Un día me hice pis encima del ataque de risa que me dió.
Las criadas, Virtudes, Socorro y Anita, vivían para satisfacer los caprichos de Doña Silveria. “Tráeme una paella de la Barceloneta”, “Vete a buscar un roscón de nata de la pastelería de la calle Pelayo”…comida, siempre comida …un día contemplé cómo se zampaba doce chuletas de cordero y una botella de tinto en menos de quince minutos. “Anita, ya sabes que quiero todos los platos servidos a la vez”. De vez en cuando yo me escapaba a la cocina, que era enorme, para escucharlas hablar. “A ver si revienta de una vez”. “Vieja de mierda, todo el día comiendo y dando órdenes”.
Si algo vinculado a mi abuela ha tenido verdadera presencia y significado en mi vida, fue la Tata Feli. La primera criada que tuvo. Mi cómplice, amiga, compañera y mujer maravillosa. Me hacía polichinelas desde la despensa, jugaba conmigo al escondite, me llevaba al cine y compraba un gran cucurucho de palomitas…Feli era morena, con el pelo muy largo y lacio. Guapa. Aguantaba a la abuela como podía, en realidad creo que fue la persona que mejor la supo llevar. Se casó por poderes y se fue a vivir a Australia.
Su traje de novia fue el primero que ví en toda mi vida, y también la primera vez que ví llorar a la abuela.
Nunca la quise ni sentí nada especial por ella. No se hacía querer y tampoco me pregunté si me quería. Creo que desde muy pequeña me dí cuenta de que no era una buena persona. Odiaba a mi madre y tiranizaba a todo aquel que estaba a su alrededor.
Por mi padre sentía una especie de posesión enfermiza.
Pasaba las tardes frente al televisor sin sonido, siempre sin sonido. Sentada en el gran sillón de orejas, esperando la próxima comida. No leía, no cosía, no tocaba el piano ni hacía nada en absoluto excepto dar órdenes, comer y criticar a todo bicho viviente.
“Mi marido era un sabio”, les decía a las tres, Virtudes, Socorro y Anita. “Perdone, señora, -le dijo Virtudes- hemos estado en el museo de cera y allí no estaba su marido”.
“Por Dios, qué ignorante llegas a ser, cómo quieres que un sabio como mi marido esté al lado de gentuza como el Ché Guevara?”. Y se quedaba tan ancha.
“Yo soy una señora de pies (y se señalaba la frente) a cabeza (y se señalaba los pies)”.
Su voz era rotunda, grave y cortante. Murió como vivió, vieja.

