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soy yo

Existe una simiente casi invisible que se presenta de vez en cuando con forma de profeta endiosado y en nombre de dios. Mi infancia y adolescencia estuvo rodeada de esa simiente, que insistía con desesperación en colarse en mi cuerpo y en mi conciencia. Yo no podía o no sabía elegir, pero mi instinto lanzó la voz de alarma. Es comparable a un hecho tremendo que me sucedió en un autobús, tendría yo nueve años, creo. Estaba sentada junto a mi hermano. Un señor con bigote se pegó a mí de forma extraña. Me tocó las rodillas lentamente. Le miré y sonreía. Subía la mano hacia mis muslos y yo coloqué violentamente mi cartera entre las piernas. No sabía nada del sexo, pero sí supe que aquel hombre estaba abusando de mí. Me asusté. Llegué al colegio llorando y se lo conté a las monjas. Su reacción me asustó todavía más. Temían por algo llamado “virginidad” cuyo significado yo desconocía. Con el tiempo aprendí que hay muchas formas de agredir y de violar. Se agrede, sobre todo, a la libertad de pensamiento. La libertad es la apuesta más arriesgada del ser humano. Empieza diciendo NO a todo lo que la mayoría dice SI. Elegí y pensé a partir del miedo. La primera vez que me dieron un beso en la boca, llegué a casa de mi madre temblando de miedo. Me miraba en el espejo del ascensor repitiendo : “Me lo va a notar, me lo va a notar”. Pero no pasó nada.

Cuando hice la primera comunión , era perfectamente consciente de lo que eso significaba. Me habían inculcado la religión a la fuerza  y discurseaban sobre el bien y el mal , cuando yo me daba cuenta de que la realidad era otra cosa. Lo puse en duda. Temí al pecado porque sembraron el pánico en mi mente de un modo casi denunciable.

El día en que comulgué por primera vez, mordí la hostia con todas mis fuerzas. Quería saber si era verdad, y si en aquel momento yo estaba en pecado mortal. Era una cría pero no era imbécil. La mordí, y tampoco pasó nada. Pero sí me pasaba cuando veía que las niñas becadas entraban en el colegio por una puerta distinta, y su hora de patio era otra, y no nos permitían mezclarnos con ellas. También me pasaba cuando escuchaba decir despreciativamente “esa es la hija de una portera”. Me confundieron tanto, que llegué a conclusiones esperpénticas. Creía que del mismo modo en que los hombres estaban obligados a hacer la mili, las mujeres teníamos que ser chachas un tiempo. Nadie me lo dijo, lo deduje yo por el mundo en que vivía y todo lo que me rodeaba.

Un día, durante la comida familiar de los domingos, la adorada tata Feli estaba sirviendo la mesa. Le dije a mi padre : “Cuando me toque, me gustaría que fuera en una casa buena, como ésta”. Mi padre me miró, perplejo, y me explicó que a mí nunca me tocaría y que eso no era así. Que la tata Feli era chacha porque era pobre, no había podido estudiar y no servía para nada más. Lloré mucho. Entendí por qué tenía la peor habitación de la casa, cuya ventana daba al patio interior de las cocinas. Y ese día, exactamente ése día, supe que casi todo era injusto y el resto una gran mentira.

Tomé conciencia cuando pude ser consciente. Y actué en consecuencia. No soy más que una persona que piensa. Una pequeña empresaria y una escritora mediocre. Pero me siento responsable de la palabra, del pensamiento y del mundo en que vivo. Me repugna la doble moral porque es peor que la amoralidad absoluta. Esa simiente de la que hablo está en todas partes. Habla de un dios hecho a medida y adaptado a la conveniencia de sus vidas, casi siempre cómodas. Habla el creyente y practicante que asegura lamentar la pobreza pero en realidad le produce náuseas, la teme, le aterra, pero deja unas monedas en la bandeja de su parroquia. La iglesia no la hizo Dios, la creó el hombre y por eso me la cuestiono. Odio la caridad. Odio a las señoras que creen ayudar a los pobres y se sienten muy por encima de las hijas de las porteras. Odio la intolerancia y la negación de derechos a cualquier ser humano, sea por el color de su piel, nacionalidad o condición sexual. Esa simiente es tóxica. Es el fascismo disfrazado de costumbres, religiones y dioses que no existen. La fuerza superior que nos envuelve tiene otra forma, tiene principios, es humilde, respetuosa, tolerante y humana. Respeto a las prostitutas que venden su cuerpo para mantener a su familia. Pero no a las señoras que buscan un hombre con pasta para solucionar sus vidas. Hay putas que son muy señoras y señoras que son muy putas. Hay señoras que no han tenido un orgasmo en su vida y cuando al fin consigan tenerlo se irán corriendo a urgencias de cualquier hospital. La carne es vida, la vida es temblor, pasión, apuesta, corazón. El amor lo puede todo. Pero hay que sentirlo en toda su magnitud. La generosidad es arrancarte algo de lo tuyo. La caridad es dar algo de lo que te sobra. Soy una persona incorrecta. Tengo una familia y una banda organizada. Tengo amigos auténticos en casi todos los continentes. Tengo teléfonos donde llamar a cualquier hora y yo contesto, también, a cualquier hora. Tengo el don de la palabra y con ella trabajo.Soy yo.

Viernes, 02 de Enero de 2009 15:46 Consuelo García del Cid Guerra #. sin tema


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