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MORIR EN LA RED

La primera vez que entré en un foro fue por indicación de una amiga. Como la conozco hace años y comparto con ella mi interés por la literatura, y puesto que dicho foro es únicamente literario, no me lo cuestioné en exceso y entré. Es un foro serio. Lo modera ella misma y en él hay todo tipo de personas. Aún así, de vez en cuando se cuelan personajes con falsas identidades. Yo, novata y gilipollas, no entendía el motivo por el cual la gente no quiere decir quién es. No sabía, entonces, el significado de la palabra “troll”. Entró un tipo que generó un tremendo jaleo. Insultaba a todo el mundo y se cachondeaba de cualquier cosa. Fue expulsado. Mi amiga me contó lo que es un troll y algunas de las movidas que acostumbran a suceder en la red. Que la vida real ya es chunga y en ella hay cabrones sueltos por doquier, es de todos conocido. Que la gente miente, quiere aparentar lo que no es, y hace putadas, mucho más. Pero lo de Internet es un fenómeno sociológico. Cualquiera entra con el nombre que le viene en gana, cuenta una historia, provoca tensiones, descalifica, se caga en lo más sagrado y santas pascuas.

No es fácil acostumbrarse. Las múltiples personalidades, dignas de diván psiquiátrico, abundan en los foros. No importa que se trate de un lugar destinado a la literatura, la política, las recetas de cocina o el crecimiento personal. Los más sinceros, en realidad, son esos en los que se busca pareja. Claro que también “por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo”, porque por un polvo se hacen virguerías. Eso tampoco es una novedad, pero al fin y al cabo, en esos lugares no se cuestiona la cultura ni la ideología, y no se está por crecimiento personal alguno excepto el físico en cuanto a lo referente al arco de triunfo de ambos sexos. Cuando a algunos o algunas, ni siquiera en esos espacios consiguen ligar en condiciones, se largan a foros más elevados, a ver si ahí pillan un marido o por lo menos consecuencias horizontales de nivel.

Yo tengo otra amiga que es absolutamente única y genial. Vierte su vida entera en Internet. Su especialidad es desestabilizar matrimonios, pero con una clara condición: Sólo hombres a partir de 65 años. Cuanto más mayores son, más morbazo le produce.

Consigue casi siempre su propósito. Lo más sorprendente es comprobar cómo estos ancianitos se muestran prácticamente como ángeles de la guarda en el foro correspondiente, y en cambio, al entrar en correo privado con mi amiga, se convierten en maestros del porno virtual. Todo eso en un minuto y a golpe de viagra. Esto, contado, tiene su gracia, si no fuera porque en más de una ocasión, mi amiga ha caído en depresiones serias por esas aventuras cibernéticas que nunca, nunca, llegan a materializarse, porque cuando se lo proponen, ella desaparece. Los ancianitos, desestabilizados y deshidratados, son descubiertos  por sus esposas antes o después, pero nunca pasa nada, porque “no es real”. Mi amiga, que se cree la diosa Lilith, termina atrapada, nunca mejor dicho, en sus propias redes, y lo pasa fatal.

Yo lo que creo es que Internet es una gran escuela de actores a los que el Oscar les queda pequeño. Inventar una identidad no es poco, pero continuar con el personaje durante meses e incluso años, tiene mucho mérito. Los que llegan más lejos son los que se atreven a matarse en directo. Es decir, entran con un nombre falso, inician una historia que puede derivar en enfermedad crónica o muerte repentina. Entonces entra en el foro una viuda y lo cuenta. Y todos dando el pésame como majaderos. En realidad, este tipo de personas son los más genuinos hijos de puta, el verdadero, auténtico y de sangre, hijo de puta matriculado. Una vez me dijo una persona que todos los que trabajaban en el sector del ocio y actividades lúdicas en general, lo que se llama el mundo de la noche, todos, me dijo, eran mala gente. Estuve un año en ese sector y puedo asegurar que no encontré más mala gente, en proporción, de la que se mueve durante el día. Y los peores, sin duda, son los que se mueven por la noche como si no les esperara trabajo alguno al día siguiente, y sin embargo, a pesar de acostarse pasadas las cuatro, a las nueve están en sus despachos. Es como algunos que se mantienen morenos durante todo el año, y no por los rayos uva. Me parecen sospechosos. Cualquiera de esos se mueve por Internet en nombre del conde de Montecristo o de cualquier apellido con el que siempre soñó y al fin se cree que tiene. Morir es una consecuencia natural de la vida. Matarse en Internet en nombre de alguien que jamás ha existido es una hijoputez mayúscula.

Lunes, 05 de Enero de 2009 19:12 Consuelo García del Cid Guerra #. sin tema


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