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Consuelo García del Cid Guerra

ALCOHOL

ALCOHOL
 


Muere matando. La dignidad, los sentidos, la razón. Es puro veneno en ciertas gargantas no elegidas pero sí caídas. Soledad, tristeza, abandono. Rabia, envidia, violencia. Genera el ataque moral contra uno mismo más cruel de la propia historia. Rompe todo. Destroza. Trabajo, familia, amigos. Perdidos en las pérdidas.

Fue Lauren Bacall quien pronunció la célebre frase: “Un hombre que no bebe no es de fiar”. Será que hay que saber beber como habría que saber vivir. Pero nunca se sabe del todo. “Yo lo controlo, no pasa nada. Lo dejo cuando quiera”. Falso.

Los bares de barrio, lamentables entre los lamentados, acostumbran a tener el mismo público a la misma hora : Hombres y mujeres sentados en taburetes mirando al infinito, sin nada que decir, o lo que es peor, comentando chismes en voz baja, observando al vecino, gritando majaderías. Están ahí porque no quieren estar en sus casas. Dá lo mismo martes que domingo, están. Sus espaldas indefensas transparentan una soledad visible en el corazón, por grueso que sea el abrigo. Una determinada inclinación, esas cabezas no del todo bajas pero tampoco altas, ese olor. Una copa a medias que se concluye de un solo trago para pedir la segunda de inmediato. Pasan las horas. No importa la demora. Otra más. No es un trago. Es una condena involuntaria o voluntaria, quién sabe. Una huída hacia delante que apesta. Muchos no se tambalean: Aseguran controlarlo. Pero al llegar a casa escupen sapos y culebras. Buscan la discusión sin aparente razón. Insultan. Gritan. Se duermen en ese letargo típico del abandono feo, sucio, como la soledad de los enfermos.

“Bebo para olvidar”. No. Serán recordados por lo que nunca debieron ser, beber o hacer. Por las últimas o recientes palabras retadoras. Contra sí mismos, no por sí mismos.

Uno de mis mejores amigos, al fin, lo ha aceptado: Soy alcohólico, me dijo. Media vida de fracasos y pérdidas, de no ayudar a ayudar, de piso en piso, al fin una roulotte, y casi la calle.“Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes, pero sé que alguna vez, cambiará mi suerte”.

Un día el espejo refleja casi la calavera. No al desnudo, sí medio muerto, consumido, con sarpullidos rojos en el rostro. Con las bolsas bajo los ojos cargadas de basura. Con resaca. Temblando cuando no hace frío.

-Cuando quieras, le dije. Y ha querido. Débil pero consciente. Sabio de su ignorancia.

Reconocedor de esas espaldas de barrio: Siempre las mismas y a la misma hora. Basta.

Ha ingresado hace unas horas. Mayor. Sin trabajo. Sin casa. Al borde del abismo y a pesar de todo, dos amigos.

 

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