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Consuelo García del Cid Guerra

vuelta al colegio

La vuelta al colegio, como el final de curso, siempre me han provocado una cierta tristeza melancólica No dejan de significar principio y fin de una etapa, cuando niños, muy larga. Mi padre me dejo en la escuela Montessori por primera vez cuando el Corte Ingles todavía no tenía importancia. No recuerdo la cartera ni los lápices, pero si una pequeña bolsa de trapo donde se leía “mi merienda” bordado en rojo.

Yo deje a mis hijos en la guardería con un gran sentimiento de culpa. Pase toda la jornada de trabajo deseando que llegara la hora de salida para recogerles. Con el tiempo se convirtió en algo rutinario, pero el primer día y el último siempre son especiales. Se te hace un nudo en el estomago por llegar y otro por despedirte. No sabes si a la vuelta estarán los mismos compañeros, a que amigos no volverás a ver, y que profesora te asignaran.

Todos hemos tenido muchos maestros. Académicos primero, y mas tarde los encontrados en el camino. Acostumbramos a recordar anécdotas graciosas, castigos injustos, aquel que “siempre nos tuvo manía”, y quienes de verdad nos enseñaron algo. No necesariamente la materia, algo valioso que se nos ha quedado grabado para siempre como norma de conducta, idea, casi manual.

Para mi, fue la señorita Laly. Apareció por la tarde el segundo día de curso. Llevaba unos pantalones de pana azul turquesa y un jersey grueso de lana blanco con cuello alto. Tenía el pelo muy largo y lacio. Delgada, elegante, casi altiva. Sus ojos siempre estaban sombreados de un azul verde mar y un ligero toque rosa brillante en sus labios la hacían distinta a todas.

“Me llamo Laly –dijo- y soy vuestra profesora de literatura”. Acto seguido abrió un libro de poemas y recito en voz alta:

 

 

Amiga

Para cristal te quiero,
nítida y clara eres.                                       
Para mirar al mundo,
a través de ti, puro,
de hollín o de belleza,
como lo invente el día.
Tu presencia aquí, sí,
delante de mí, siempre,
pero invisible siempre,
sin verte y verdadera.
Cristal ¡Espejo, nunca!
 
Fue el primer comentario de texto, y no valían los libros ni las frases hechas. 
Había que hablar desde dentro, exponer sentimientos, plasmar toda nuestra joven sensibilidad
Teníamos trece años y a todas nos daba vergüenza. Anotábamos entre las páginas de nuestros cuadernos estupidos pareados, 
citas cursis, corazones atravesados con flechas, iniciales y mensajes cortos típicos de una adolescencia pesada 
que parecía no acabar nunca. Y temblábamos de miedo cuando nos hacían salir a la pizarra. 
La señorita Laly nos descubrió la poesía mientras se descubría ella todas las tardes esforzándose en hacernos comprender
 y despertando un interés desconocido hacia el otro lado, el que no se encuentra nunca en un examen pero donde se rinden
 cuentas día a día. Era una postura, una mujer exquisitamente sabia, delicada, presente, constante y singular. Nunca dejo de ser bella. 

 

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