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Pongamos que hablo de Madrid

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Gamberrear es un estado sin edad para el que difícil.Mente se encuentran compañeras de viaje, y cuando sucede, las noches son siempre memorables. No hay planes premeditados y se suceden las horas sobre el disparate normalizado. Sin más –ni menos-. Pongámonos, pues, en el día X a la hora H, bajo el sol de Madrid. Mi amiga había olvidado el número pin de su tarjeta de crédito y yo el de mi teléfono móvil, que se quedó sin batería. Acostumbradas ambas a la urgencia, ella destinó un extraño artefacto azul eléctrico que se enchufa y carga a cualquier tipo de marca. Sentadas en la terraza de un bar, sólo repetíamos números :

-1008, joder, que sea el 1008, juraría que es el 1008…

-2367, tiene que ser éste, me cago en todo, que como no sea, me quedo desconectada…

Final.Mente, no era el 1008, por lo que con ávida rapidez entramos en una hermosa peluquería, llamamos a una abogada y en menos de diez minutos ya teníamos cien euros para pasar la noche. Cash, se entiende, claro. Lo que dan de sí los oficios y profesiones, hay que ver. De cabeza al juzgado, o juzgadas por nuestra mala cabeza, que es lo mismo.

Nos dirigíamos a un concierto y antes de salir se examinó el armario.

-Póntela –dijo-. Y me extiende una cazadora de lo más psicodélica con motivos árabes que perteneció a la divina. Envuelta en una seda recia, rodeada de misterio y recuerdos del nunca jamás, pienso que tal vez todo esto puede –incuso- superar mi espléndida biografía.

-Tenemos que esperar a Sandra –dijo-.

Y la esperamos. De bar en bar y de esquina en esquina, hasta que apareció un hada, casi Wendy, delgada, esbelta y grácil como un cervatillo. Una chaqueta de largo pelo gris, ojos de gato, sonrisa fresca en boca de quien lo sabe todo y le importa muy poco, vamos, lo mismito que a nosotras.

Llegamos a la sala antes que nadie. Aún estaba vacía. Allí nos recibió el gran locutor de radio, doblador importante y maestro de las tres voces. Lenta.Mente, el público se hacía y deshacía por aquello de la ley anti tabaco, injusticia donde las haya, que te obliga a ir al lavabo, como cuando éramos jóvenes, muy jóvenes.

Mientras, mi amigo Pere llama desde el aeropuerto : Tiene que pasar allí toda la noche hasta que salga su avión. Lo hace para no llegar tarde.

Atravesamos la Gran Vía, no pasa un alma. Examinamos un par de contenedores de basura a cuyos pies se encuentran todo tipo de objetos. Me quedo con un extraño blusón marroquí, y mi amiga con una enorme caja blanca en perfecto estado que carga sin reparos como si fuera un ataúd. Cae también una bufanda negra de Privata que parece prometer. Llegamos a La Pepa, un bareto de copas donde varias bandejas de comida siembran la barra. El dueño, avanzada la noche, casi día pero oscuro, se apiadará de nosotras a última hora y ¡zas¡ coloca unos cuantos ceniceros. No me lo puedo creer: Estamos fumando.

Llamo a mi amigo Pere para hacer tiempo, y le paso al doblador. Es demasiado tarde. Buscamos un taxi , ya camino del sobre. Me quedo en su casa, claro. Antes de acostarme en una enorme cama, ella pregunta:

-¿Quieres un perro?

-Sí. –respondo-.

-Pues toma a Lola.

Y coloca a un tierno terrier con camiseta junto a mí, que se queda dormido como si tal cosa.

Todo lo demás, es práctica.Mente inconfesable.

Jueves, 03 de Marzo de 2011 20:45 Consuelo García del Cid Guerra #. sin tema


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