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LA MAQUINA DE ESCRIBIR

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Cada tecla presionada suponía un esfuerzo. El ruído molestaba a los vecinos si escribía de noche, y todo el edificio acabó sabiendo que yo escribía por el inconfundible sonido del teclado.

El carro, pesado y redondo, se movía de izquierda a derecha constantemente. Cada folio, cuidadosamente guardado en una caja de cartón, se agrupaba aumentando grosor. Las copias, hechas con papel carbón, me dejaban los dedos manchados de un negro rotundo. Las hojas, marca "kores", se aprovechaban una y otra vez hasta que no servían para nada. Acostumbraba a guardar esos papeles grabados, letra sobre letra, algo similar al pentimento del pintor. En ellos estaban todos los poemas, todas las historias y todos los secretos.

Tuve una Remington, más tarde una Underwood. Negras, pesadas, elegantes y personales. Le regalé la Remington a mi amigo Jordi Mata, no hace mucho. Supo limpiarla cuidadosamente con petróleo y convertirla en un fetiche para los restos.

Las palabras tenían sonido, un morse particular. Yo conocía la música y los compases rotundos de la palabra "amor", "te quiero", "muerte"...Lo recuerdo, como a las cuartillas  y los ornamentos religiosos. Necesarios, hermosos, y para recordar.

Martes, 01 de Julio de 2008 21:29 Consuelo García del Cid Guerra #. sin tema


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