SO-80. Poesía. 2008. 212 páginas. ISBN: 978-84-96687-82-0. 17 €.
Sebastián decidió dejar Salzburgo, su ciudad natal, tras unas vacaciones en España.
Tanto él como su esposa, Julia, se habían quedado sin trabajo y añoraban el sol y la
playa, como tantos nórdicos. Se lanzaron a la aventura en quince días, sin conocer el
idioma pero encantados de iniciar una nueva vida con su hijo de ocho años, Leo.
Viajaron de noche bajo la luz de una hermosa luna llena. Según se alejaban de Austria
hacia Suiza y posteriormente hasta el sur de Francia, el termómetro del interior del
coche iba añadiendo grados a la temperatura. Sebastián condujo todo el tiempo sin
pronunciar palabra y sintiéndose fuerte e ilusionado. Dejaban para siempre el frío, la
nieve y la lluvia. Eran una familia feliz como pocas.
Veinte años de matrimonio, de unión verdadera, de amor de verdad. Todos sus amigos
se despidieron llorando, y ellos no lo entendían. El trajín de su marcha, todos los
asuntos que quedaban por resolver, como vender sus muebles, uno de los coches, y
preparar un equipaje para siempre, no les dejó el tiempo necesario a detenerse en la
reacción de los demás.
Su vida entera quedaba en Salzburgo. Sebastián sabía que nunca más volvería, que se
trataba de un viaje sin retorno. La vida ya tenía sentido en otra parte. España.
Había visto un anuncio en una revista alemana meses atrás. Un austríaco alquilaba casa
con jardín en la Costa Blanca, cerca de Calpe. El precio era muy económico. Sebastián
guardó el recorte en su bolsillo durante varios días, hasta que finalmente se decidió a
llamar. Bastó con ver aquel hermoso lugar para decidirse casi de inmediato.
Sebastián había trabajado siempre por su cuenta. Como restaurador de cuero, tatuador,
tapicero de coches y de barcos. Era un hombre tranquilo, emprendedor, metódico,
seguro de sí mismo. Llevaba una larga melena y acostumbraba a vestir de forma
aventurera, de hecho podía parecer un aventurero, pero no lo era. Amaba el mar, el
deporte, la montaña. Amaba a Julia.
En veinte años la habría engañado unas cuatro o cinco veces con rollos de una noche,
pero jamás había tenido aventuras. Era sustancialmente fiel a Julia, se podría decir que
comprensiblemente fiel, mucho más que cualquier otro hombre.
Julia era una mujer muy guapa. Morena, con los ojos pequeños y separados pero vivos,
brillantes y curiosos. Miraba feliz y transmitía una mirada feliz, porque ella lo era.
Supo crear su pequeño mundo casi a la perfección. Era un ama de casa ejemplar.
Todo estaba siempre ordenado, dispuesto, sin olvidar detalle. Sin embargo, no le
interesaba nada más que eso, su pequeño mundo, absolutamente nada más. No leía
libros, ni siquiera revistas, y no le preocupaba lo más mínimo desconocer el nombre del
presidente de Francia, por ejemplo. Tampoco se esforzaba en averiguarlo. Su vida
pasaba como el final de todos los cuentos: “Y fueron felices…”.
Trabajó en una guardería infantil y más tarde en un despacho de abogados. No se
trazaba grandes metas pero todo lo hacía con sumo interés consiguiendo sus propósitos.
No era elegante pero tampoco vulgar. Carecía de un estilo definido pero conseguía darle
a todo su toque personal, aunque a veces se vistiera de caja de bombones o pastel de
crema, como el día de su boda. Eligió un traje blanco, recargado, con volantes
imposibles y pliegues de más. Era horroroso pero estaba muy guapa. La felicidad
consigue muchas veces ensombrecer lo feo y lo que está de más. Su firma seguía siendo
la de una colegiala, siempre que la estampaba parecía hacerlo por primera vez, como si
acabara de aprender, quizá porque nunca necesitó hacerlo para cuestiones importantes,
puesto que exceptuando la de su acta matrimonial no firmó nunca nada especialmente
relevante.
En todas las fotografías aparecía siempre sonriendo. Ni sorprendida, pensativa o con
gesto de sorpresa. Julia sonreía siempre, consciente y sabedora de su resplandeciente
felicidad. La tenía y la sentía.
Era una persona simple con una vida simple. No quería más ni pedía otra cosa. Tenía lo
que quería, seguramente lo que soñó desde niña. Se hizo adulta junto al hombre que
amaba. Era una buena esposa, una buena madre y una buena persona.
España era un reto para Julia, no tenía ni idea de cómo resolvería el problema del
idioma ni qué tipo de trabajo podía haber para ella, pero no le preocupaba demasiado.
Su vida era feliz y tenía a Sebastián.
Los primeros años no fueron nada fáciles. No conseguía hablar español, su currículum
laboral no se traducía en especialidad alguna y carecía de historial académico. Buscó
trabajo pero no encontró lo que quería, por lo que durante el primer año no le quedó más
remedio que ser mujer de limpieza en distintas casas. No le gustaba, pero lo hacía. Al
final consiguió entrar como secretaria en la redacción de una revista turística alemana.
Sebastián tampoco lo tuvo nada fácil. Terminó haciendo pequeños trabajos de jardinero
y limpiando piscinas durante mucho tiempo hasta que pudo abrir un estudio de tatuajes.
Se encontraron con una situación desconocida rodeada de pequeños problemas a los que
nunca habían tenido que enfrentarse. La vida ya no era tan feliz, y aunque no podía
considerarse tampoco desdichada, sí estaba ya muy lejos de ser perfecta. La baraja se
rompía poco a poco con el pasar de los días. Ya no hablaban como siempre
acostumbraron a hacer, contándose las cosas cotidianas del trabajo de cada uno..
Llegaban cansados y descontentos. Julia de limpiar casas, Sebastián de limpiar piscinas.
No había un solo amigo con quien hablar, eran extranjeros y no habían tenido tiempo
material de crearse un círculo social. Su vida en Salzburgo había sido tan distinta que se
había convertido en el recuerdo de un sueño lejano.
A sus amigos les costaba creer que se ganaban la vida limpiando, incluso Julia lo ocultó
durante algún tiempo. Ella seguía siendo la mujer perfecta, pero alrededor de una
existencia que ya no lo era. Ni siquiera entonces pudo darse cuenta de que tanta
perfección no tenía sentido. Los armarios en orden, la ropa delicadamente doblada, ni
un plato sucio en la cocina, nada por lavar, los ceniceros vacíos, la cama siempre hecha
y sin una sola arruga, la colada semanal dispuesta y planchada, la cena hecha, la nevera
llena pero con lo justo, sin nada para improvisar. Ninguna luz encendida por descuído,
todas las puertas siempre cerradas, el suelo barrido y fregado, el lavabo sin rastro del
paso de persona alguna, ni siquiera un pelo en el suelo. Nada.
Tal vez por eso la unión empezaba a quebrarse. Sin discusiones, sin peleas, sin gritos.
Un alejamiento también perfecto. Y el silencio.
Habían sido felices mientras todo lo de alrededor estaba en orden. No pasaron por
problemas verdaderamente serios, no con la fuerza suficiente como para alterar sus
vidas.
Nunca discutieron. Nunca se levantaron la voz. Julia siguió sin saber el nombre del
presidente de Francia y sin molestarse en averiguarlo. Tampoco le importaba lo que
sucedía en el nuevo país donde vivían. No se esforzó en hablar el idioma y continuó su
existencia como si nada pasara.
El pequeño Leo se integró sin problemas, ajeno a la realidad de lo que sucedía..
Aprendió español en el colegio a pesar de llegar sin saber una sola palabra. Hizo
algunos amigos y se divertía con ellos los fines de semana. Sebastián, su padre, iba a
buscarle al colegio todos los días. Y fué entonces cuando conoció a Livia, que acudía,
como él, a buscar a su hijo. Estaba embarazada de ocho meses y era una mujer
bellísima. Hablaron desde el primer día. Ella le ayudó con varias gestiones burocráticas
con su residencia y le indicó cómo solucionar asuntos que para Sebastián eran en aquel
momento muy complicados como extranjero.
Se fijó en Livia porque para Sebastián, una mujer embarazada significaba algo
tremendamente especial y atractivo, la máxima culminación de la felicidad. Así
recordaba a Julia cuando esperaba a Leo.
Durante el año y medio siguiente continuaron encontrándose a diario, convirtiéndose
cada vez más en el inicio de una supuesta amistad, pese a que un evidente fondo de
deseo flotaba entre los dos desde el primer momento en que se vieron. No lo hablaban
ni hacían nada determinado que lo pudiera delatar, pero era evidente.
Una tarde, Livia le propuso que se vieran por la noche para charlar tranquilamente. Al
vivir en un pueblo muy pequeño y dado a las habladurías, Sebastián le propuso
encontrarse en una de las casas en las que limpiaba la piscina, que siempre estaban
vacías. Le dijo a Julia que había quedado con dos tatuadores de la zona. Fué su primera
mentira.
Acudió con dos botellas de vino. Pensaba que algo podía suceder, pero no estaba seguro
del todo. Livia le atraía con una fuerza desconocida. Le gustaba, la deseaba y
coqueteaba con ella de la misma forma que ella lo hacía con él. Nunca habían estado
sólos. Sebastián sabía que aquel primer encuentro significaba el primer paso de algo.
Livia estaba también casada. Su marido era muy conocido en el pueblo y gozaba de una
gran posición social y económica. Habían tenido una hija con problemas de minusvalía.
Era una mujer interesante. Descarada, divertida, ingeniosa e impulsiva.
Tras una larga charla en la que rieron animadamente, empezaron a tocarse. Varias
secuencias de besos entrecortados y con cierta timidez por parte de los dos, dieron
paso a las manos y los cuerpos. Livia le hizo una felación mientras Julia dormía
plácidamente esperando a Sebastián, quien, desde ese preciso momento, supo que
acababa de hacer algo irreparable, y que no era más que el principio.
Llamó a Klaus, su mejor amigo en Salzburgo. “Sé que no voy a salir de esto. Sé que lo
voy a destruír todo, pero no puedo evitarlo”.
Llegó a casa sintiéndose insoportablemente culpable. Miró a Julia. “Que no se dé cuenta
de nada, que no lo note…”. Fué la primera vez que no pudo dormir. Acababa de
inaugurar muchos años de insomnio y de mentiras. Su vida ya no era simple. Su
existencia había iniciado una pendiente peligrosa. Deseaba a Livia, casi la amaba, pero
seguía queriendo a Julia.
Antes de meterse en la cama, recibió un mensaje en su teléfono móvil. Era el primero de
la larguísima sucesión de frases cortas que vendrían a lo largo del día, a cualquier hora.
Era también la primera señal de un elemento nunca tenido en cuenta para estar
conectado con su amante. Llamadas, palabras, mentiras, encuentros. Quería encontrar la
forma de sentirse en paz pero no lo conseguía. Era una sensación completamente
desconocida, pero con un fondo placentero y excitante.
Veinte años junto a la misma mujer, sin una sola crisis, sin dudas y sin un momento de
celos. Sebastián se confundía por dentro y por fuera de la misma forma en que iba
aprendiendo a hablar español teniendo la mejor de las maestras, su ya amante Livia.
No podía dormir pero temía estar dormido por si hablaba en sueños. Se sentía nervioso
y no se lo podía permitir porque siempre fué un hombre tranquilo.
Los encuentros con Livia empezaron a ser cada vez más frecuentes y apasionados. “No
podemos dejar de follar con nuestras respectivas parejas porque se darán cuenta”, le
decía. Y ambos continuaron manteniendo sexo por las dos partes. Dos partes que
formaban un triángulo encendido, casi definitivo. Sebastián se había enamorado
perdidamente de Livia. Sus artes amatorias, dignas del kamasutra, le enganchaban más
y más deseando una nueva cita. Los mensajes por teléfono y las visitas inesperadas a su
taller de tatuajes le hacían sentirse distinto y vivo. Julia parecía no darse cuenta de nada,
por lo menos al principio.
Secretos, señales, silencios, respiración entrecortada en muchos momentos del día. La
mentira es insoportable al principio, pero se convierte en una costumbre si se practica
contínuamente.
Livia siempre quiso hacerse un tatuaje, y Sebastián ideó una forma ilegible para los
demás en la que dibujó las iniciales de los dos enlazadas. Las dos letras estaban
disfrazadas en un trival muy llamativo. Parecía un tatuaje más. Pero era la firma de dos
amantes que el marido de Livia tenía delante cuando se la follaba por detrás, porque
estaba justo en la nuca. Era el testigo de un poder privado, una revelación, casi una
misiva, el secreto mejor guardado con forma de dibujo, frente a la cara del encuernado
marido mientras se corría dentro de ella.
Julia empezó a sospechar. Demasiadas salidas, avisos musicales de mensajes en el
móvil, o quizá lo supo desde el principio y no quiso decir nada. Porque Julia no decía
nada hasta que un día se decidió a preguntar. La respuesta fué: “No”.
Un año, dos, casi tres viviendo sobre una mentira. Livia decía también muchas mentiras.
No sólo a su marido, también a Sebastián. Una vez y otra llegaron a planear separarse
para vivir juntos. Decían amarse mientras follaban como locos.
“ Eso de hacer el amor no existe, decía ella. Es follar, lo que existe es follar, se puede
follar con amor, pero es follar”. Y Sebastián la creía mientras ella tenía orgasmos
practicando el coito anal. Cada encuentro era una fiesta excitante para el que ella
preparaba un espectáculo determinado. A veces se trataba de un strip-tease de lo más
profesional, otras le llamaba por la mañana para decirle que se acababa de poner una
lavativa, señal inconfundible de sexo anal, su especialidad. Sebastián permanecía
excitado durante todo el día imaginando a Livia corriéndose y gritando como una loba
mientras se la follaba por el culo arañando el tatuaje como un gato en celo. Ella era una
gata rabiosa. El un hombre enamorado.
“Fóllame, más fuerte, fóllame, házmelo”, “Más, más, más…”. Julia preparaba la cena
mientras una de las casas con la piscina sucia era testigo del más peligroso de los
secretos. Una casa se rompía, se deshacía en silencio mientras otra se llenaba de jadeos
y palabras dignas del porno más duro. Al día siguiente había que limpiar la piscina
mientras Livia se limpiaba el coño, primero mojado por Sebastián, y durante la misma
noche, mojado por su marido.
Navidades, cumpleaños, aniversarios y demás fechas a celebrar se sucedían en una vida
rota que se había acostumbrado a la farsa. En todas las fotografías, Julia seguía
sonriendo mientras a Sebastián le salían canas y más canas. Su rostro se fué llenando de
arrugas reveladoras, cara de sueño, bolsas bajo los ojos y una inquietud permanente.
Llegaron a follar en el coche de Sebastián una tarde de invierno, ya entrada la noche, en
la plaza mayor del pueblo. Nada era suficiente y todo se hacía posible.
Iban juntos al supermercado a hacer las compras sin reparar en las miradas de la gente.
Todo el pueblo lo sabía. Absolutamente todo el pueblo.
“No puedo más. Voy a dejar a mi marido”, dijo Livia. Pero lo había dicho muchas veces
y nunca llegó a hacerlo definitivamente.
Julia empezó a salir por las noches. No frecuentemente, pero sí de forma extraña.
Seguían sin discutir ni preguntar. La casa continuaba en perfecto estado de revista.
Sebastián recibió una llamada del marido de Livia. “Te voy a matar, hijo de la gran
puta”. Lo sabía. No podía permitir que Julia se enterara por las habladurías del pueblo,
tenía que decírselo. Se lo diría, y dejaría a Livia. No quería romper su matrimonio ni su
familia. Seguía queriendo a Julia.
“Voy a decírselo todo y quiero intentarlo de nuevo con mi mujer. Todo esto es una
locura. Es mejor que no nos veamos durante algún tiempo”. Ella dijo que estaba de
acuerdo.
Sebastián llegó a casa. Atardecía y le dijo a Julia que la esperaba en la terraza porque
quería hablar con ella. Preparó dos sillas y dos copas de Baileys.
Le contó toda la verdad. Sin alterarse, pidiendo perdón constantemente, pero
reconociendo que se había enamorado de Livia.
“Lo sabía, cabrón, hijo de puta”, le dijo sin levantar la voz y con una sonrisa irónica.
Acto seguido empezó a llorar. Era domingo.
Sebastián salió hacia las montañas con su mehari. Regresó poco más de una hora
después. Julia seguía en la terraza bebiendo Baileys.
De nuevo se sentó junto a ella. “No quiero tirar por la borda veinte años de felicidad,
Julia. Perdóname, por favor, perdóname. Intentémoslo de nuevo”.
-De acuerdo, dijo ella. Pero yo también tengo que decirte algo.
-¿Qué? –preguntó sorprendido-.
-Yo también te he engañado.
-¿Qué?
-Que yo también tengo un amante.
-¿Tú? ¿Un amante tú, Julia?
-Sí, tengo un amante.
-¿Desde cuándo?
-No mucho. Menos de un año.
-¿Quién es?
-Un inglés. Es cantante de rock.
Sebastián se quedó atónito. Se habían estado engañando mutuamente durante largo
tiempo sin que él se diera cuenta de nada. Estaba tan ensimismado en su propio engaño
que no se le pasó por la cabeza la idea de que Julia le pudiera engañar a él. El engañador
engañado se quedó mirando al infinito mientras repetía la palabra perdón insistiendo en
empezar de nuevo.
La casa seguía estando limpia y ordenada. Nada podía revelar en su interior lo que
estaba pasando .Nada. Hizo la cena como todas las noches y cenaron con Leo como
todos los días.
Durante seis largos meses, Sebastián hizo lo imposible por ser el esposo perfecto. Livia
seguía visitándole en su taller de tatuajes con actitud provocadora y celosa, pero él no
flaqueó ni una sola vez. Quería a Julia, quería por todos los medios mantener la familia
unida. Ella se mostraba engreída y altiva. Una noche salió con dos amigas, según dijo.
Se escuchó el ruído del coche pasadas las dos de la madrugada, pero de pronto se
detuvo antes de llegar a la casa. Sebastián estaba despierto. Sabía que Julia siempre
paraba cuando la llamaban por el móvil.
-¿Quién te ha llamado? –preguntó al llegar.
-Nadie.
-¿Te ha llamado el ingles, verdad?. Me has mentido, le has visto esta noche.
-No.
-¿Seguro? ¿No me estás mintiendo?
-No.
A la mañana siguiente, mientras Julia se duchaba, revisó sus llamadas comprobando la
de un número desconocido justo a la hora en que el coche se detuvo. Llamó y contestó
una voz masculina en inglés.
“Como vuelvas a tocar a mi mujer, te juro que te mato”, dijo.
“Yo lo único que quiero es que Julia me deje en paz”, contestó el inglés.
Sebastián tiró la toalla. Todo estaba roto y no tenía arreglo posible. Demasiadas
mentiras en tres años, ya no se podía volver atrás. Sentía que toda la culpa era suya. Se
arrepentía tanto de haber dejado Austria…
-¿ Qué prefieres? –le dijo a su mujer. ¿Me voy yo y te quedas a vivir aquí, o quieres
quedarte tú?
-Ya me voy yo, respondió.
Y se fué dejando la casa perfectamente limpia y ordenada.
Sebastián volvió a ver a Livia. Follaron apasionadamente durante toda la noche. Antes
de marcharse, le dijo:
-Me he separado definitivamente de mi mujer. Estoy sólo. Ahora ya podemos vivir
nuestra propia vida tal y como habíamos planeado.
-Yo nunca te dije que me separaría de mi marido.
-¿Qué estás diciendo, Livia?
-Era un juego, no era más que un juego. Yo no voy a separarme de mi marido.
Y se marchó mientras Sebastián la imaginaba llegando a su casa, y la veía desnuda,
gimiendo como una perra, mientras su marido se la follaba por detrás contemplando el
tatuaje. Era la única señal que quedaba de toda la historia. Un dibujo en la nuca,
escondiendo las iniciales de los dos. Y él se sentía como si le hubieran pegado un tiro en
su propia nuca, por detrás, a traición, de la misma forma en que él había traicionado
durante tres largos años a Julia.
Se quedó sólo, en el salón, llorando como nunca recordaba haber llorado en toda su
vida. Dos meses después. Julia se fué a vivir con el cantante de rock inglés,
entregándole a Sebastián la custodia de Leo sin poner ningún tipo de problema. Había
sido la mejor esposa, la mejor amiga, pero ya no era la mejor madre. Se despojó de Leo
con una facilidad tan asombrosa que daba miedo.
En aquel mismo salón permanecía colgada una foto familiar. Julia sonreía de la misma
forma en que la había visto sonreír el día anterior. Parecía que nada, absolutamente nada
había cambiado. Imaginar a Leo separado de su madre habría sido una idea de locos
pocos meses atrás. Había sido la mejor madre con marido, pero ya no lo era sin su
marido. La vida simple y la casa perfecta carecían ya de sentido, aunque seguramente ya
la había reproducido con otro hombre y en otro lugar. Se cuestionó entonces si Julia era
realmente una buena persona y dejó en suspenso la respuesta. No quería asegurarlo pero
ya no podía afirmarlo.
Julia sigue sin saber el nombre del presidente de Francia, tampoco el de España ni el de
ningún otro país. Tiene otro pequeño mundo, otro pequeño hombre y otra pequeña casa.
Livia visitaba llorando a Sebastián en su taller de tatuajes dos o tres veces por semana.
La conversación entre ellos siempre era la misma:
- Sebastián, es que yo te amo de verdad, repetía entre lágrimas.
- Livia…decía él.
- ¿Qué?
- Hazme un favor…
- ¿Qué?
- Déjame en paz…
Pan es un amigo de los de toda la vida. Llegó a la mía hace muchos años, y se quedó para siempre. Le llamamos Pan por eso de “Peter Pan”, es igualito físicamente, y además, no quiere crecer por dentro, y es más bueno que el pan.
Pan es un desastre. Durante mucho tiempo, pensé que lo era porque sí, por sí mismo, porque estaba incapacitado para estructurarse mínimamente, porque no quería.
Pan es un gran informático. El mejor que he conocido y con el que he trabajado, siempre y cuando se le deje ir a su aire. Es incapaz de cumplir horarios y acudir puntualmente a una cita. Siempre me habló de su padre, médico, como el causante de todos sus desórdenes. Yo, sinceramente, creí que exageraba, que el mal hijo era Pan, no el mal padre el Doctor Colby.
Como Pan llega tarde a todas partes o no llega, hace un año que va en patines. Se los pone cuando se levanta y ya no se los quita en todo el día. Incluso algunas veces se ha dormido con los patines puestos. También lleva unas gafas sin cristales. Sí, sin cristales, pero no se nota. Las lleva para parecer mayor, porque aunque ya ha cumplido los treinta y dos, sigue pareciendo un adolescente. Aparece patinando, te mira, y de pronto se frota enérgicamente los ojos, ante los gritos de sorpresa de todos los que presencian semejante escena. El se parte de risa. Yo también.
De Pan puedo contar las anécdotas más disparatadas. He tenido que ir a buscarle, siempre de madrugada, a los lugares más insólitos. Una vez le detuvieron. Como siempre llega tarde, acostumbraba a ir por la calle corriendo. Un policía le paró y le detuvo porque su aspecto coincidía con el de un tipo que había robado un coche. Estuvo dos días detenido. Me personé en comisaría, y de pronto me encontré a mí misma hablando como una marujilla : “Mire usted, yo le juro que no ha hecho nada, es un chico atolondrado, pero incapaz de cometer delito alguno”.
En otra ocasión, me llamó a las tantas, ya había amanecido, y me dijo que estaba encerrado en un colegio, que las clases empezaban a las nueve y no podía salir.
-¿Pero qué haces tú ahí?, le pregunté.
-Me he enrollado con un profesor, guapísimo, estaba muy borracho, él ha desaparecido y yo estoy vestido de mujer, con plataformones y todo. Por favor, sácame de aquí.
Tuve que despertar a mi hijo mayor para que me llevara en su coche. “Ya, mamá, me dijo, como vuelvas a meterte con alguno de mis amigos, te recordaré ésta. Está chalado, pero le quiero mucho. Ay, Pan…”.
Su condición gay es un orgullo para él. Pan es el verdadero orgullo gay. Canta una canción del famoso dúo cómico “Martes y 13”, con la que yo me ahogo de risa: “Yo soy de España, señores, y en España yo he nacido, porque yo, soy natural…y aquí tengo mi bandera roja y gualda, “que igual dá”…vestido de lagartera, de albañil o de fiscal, que nadie en el mundo entero, de mí pueda murmurar…soy maaaaaricón, maricón, de España…siete letras como siete días trae la semana porque soy , maricón”. Lo hace con una maestría cómica única. Pan es un gran actor.
Un verano decidió dedicarse a fabricar jabón. Lo vió en una película de Brad Pitt. Nos pedía el aceite reciclado a todos los amigos, que apestaba a pescado y a carne refrita, compraba sosa y de todo eso salía una cosa compacta y negra que él aseguraba era jabón. Y pretendía comercializarlo. Su casa se llenó de piezas cuadradas negras que entre todos le comprábamos para, acto seguido, tirarlo a la basura, porque en lugar de limpiar, parecía que aquellos adoquines negros apestosos te iban a ensuciar sólo con la vista. Aquel mismo verano, una de las veces en las que acudí a su casa con bolsas de comida, pasta de dientes y demás, confundió el gel de baño con crema hidratante. Se quedó en la terraza tomando el sol y se durmió, rebozado de gel de baño. Al despertarse era una pura ampolla.
-Pero qué has hecho, Pan, que era gel de baño ¡¡¡
-No me he dado cuenta. Mira cómo estoy…
Las urgencias médicas, las saunas y los locales de ambiente gay son su segunda residencia, además de todos los domicilios de los amigos cuando le echan del último piso que no puede pagar. Porque nunca puede, y es que no sabe.
En el último año se ha dedicado a rodar documentales y videos musicales. Si se le deja a su aire, sin fechas de entrega ni horarios, es un gran profesional. Me mostró un documental , entre tímido y asustado, esperando mi reacción. Lo contemplé sin decir palabra. Al finalizar, me preguntó:
-¿Bueno, qué te parece?
-Pan, estoy muy orgullosa de ti.
-Ay ¡ de verdad? Nunca me habías dicho eso…
-Lo estoy. Es muy bueno, es realmente bueno, Pan.
Y se echó a llorar como un niño.
Hace ya mucho que se lo perdono todo. No sé si tiene remedio, pero es una de las personas más buenas que conozco. Y me siento en deuda con él, porque no he sido del todo justa. Su padre, el doctor Colby, al que nunca quise conocer, apareció en escena no hace mucho. Entonces comprendí muchas cosas.
-Oye, que mi padre está en el clínico, ha montado un numerito de los suyos.
-¿Qué pasa?
-Ha intentado suicidarse con horchata.
-¿Con horchata? ¿Pero tú estás borracho, Pan?
-No, yo no, mi padre sí. Ayúdame a ingresarlo en psiquiatría, que no quiere. Te digo que se ha intentado suicidar con horchata, y además, lo ha grabado todo en video.
El doctor Colby estaba en su casa, una mansión de más de cuatrocientos metros donde tiene su consulta privada. Se sentó en el salón azul, puso en marcha la cámara de video y empezó a despedirse mientras engullía tranquimazines y horchata. Doce botellas vacías se amontonaban sobre la mesa. Llamó a la sirvienta, Deby, para pedirle seis botellas más de horchata. A los pocos minutos se las llevó sin decir palabra. El doctor Colby estaba muy borracho. En el otro extremo del piso se celebraba la fiesta de cumpleaños de la novia del doctor. Se escuchaba el timbre constantemente y los invitados llegaban de tres en tres. Al ser la casa tan grande, ambos extremos quedaban aislados. Es decir, en la parte norte, el doctor Colby filmaba en video su suicidio mientras la sirvienta le traía más botellas de horchata como si tal cosa, y en la parte sur se celebraba un cumpleaños. Ambas partes parecían existir por separado ignorando fiesta y suicidio.
Pan y yo fuímos a casa del doctor. La novia estaba muy nerviosa.
-¿Pero cómo es posible que tú estuvieras en una fiesta y no te dieras cuenta de nada?
-Oye, Pan, tu padre es tu padre. No es culpa mía, es culpa de Deby, que no se dio cuenta de que se estaba suicidando.
No, me dije, si al final la culpa la va a tener la pobre sirvienta. Deby apareció con gesto despreocupado.
-Perdone, señorito Pan, pero el estado habitual del doctor es ése, borracho. Ayer mismo tenía la sala de espera llena de pacientes esperando, llegó borracho, hasta se cayó al suelo, y ningún paciente se fue, a pesar de verle con una merluza descomunal, se quedaron todos hasta ser visitados por el doctor. Borracho.
Yo estaba presenciando un espectáculo tan dantesco como cómico. Pan y yo nos dirigimos al salón azul.
-Espera, me dijo, vamos a ver el video.
El doctor Colby, balbuceando, decía : “Este es mi último mensaje para todos vosotros. Mi vida no tiene sentido. Mi ex mujer es una monja de clausura que no entiende nada de la vida y para quien soy culpable hasta de la bomba atómica. Mi hija mayor se pasea por Bélgica con una nariz de plástico rojo, como la de los payasos, y un gran cartel que dice: “Abrazos gratis”. Mi hijo pequeño es maricón y nunca lo voy a aceptar. Me voy para siempre y os deseo a todos que seais muy felices”.
Pan se reía a carcajada limpia. Yo intentaba no hacerlo, pero era muy difícil.
-“Este es mi padre. ¿Ves como no exageraba al hablar de él? Aquí tienes su último numerito, y menos mal que está grabado, porque si te lo cuento no me habrías creído…”
-Pues no, la verdad, no. Mira que he conocido chalados, pero como éste, ninguno.
-Imagínate entonces la infancia que he tenido, porque esto no es nuevo, esto es lo de siempre…
-¿Y tu madre?
-Mi madre, que es una santa, le dejó después de treinta años de matrimonio infernal, y encima el juez decidió dividir en piso en dos, porque mi padre tiene aquí la consulta, y se encontraban por los pasillos cuando ya estaban separados y con una sentencia absurda. Al final, ella se fue a vivir a Mallorca huyendo de mi padre, de la casa dividida en dos y de todos nosotros.
-Bueno, y ahora, ¿qué?
-Tiene que quedarse ingresado. Necesita un “shock”. Conozco a mi padre. Vamos a casa de Sonia y Ernesto.
Le dejé hacer y me dejé llevar. La hija pequeña de Sonia y Ernesto es mi ahijada, Piera.
Tenía entonces seis meses. Yo no tenía ni idea de los planes de Pan. Llegamos a casa de nuestros amigos y sin mediar palabra, suelta: “Sonia, necesito que me dejes a Piera una hora, sólo una hora”.
-No ¡¡ -exclamé- no serás capaz de lo que estoy pensando¡
-Completamente. Mi padre está como una cabra y no tiene arreglo. Necesita algo fuerte y muy impactante para reaccionar, después ya lo apañaré a mi manera.
Llegamos al hospital clínico con Piera en brazos de Pan. Entró en la habitación y el doctor Colby exclamó : “Pero quién es este bebé?”
-Mi hija Piera, papá. Quería decírtelo en el momento adecuado pero como no dejas de hacer barbaridades…
-Una niña ¡ una nieta¡ pero quién es la madre? Pero tú ….
-Fue una noche loca, papá. Pero su madre es una gran amiga mía, Sonia. No te preocupes por nada, la niña tiene padre y madre.
El doctor Colby se quedó ingresado en psiquiatría. Pan y yo regresamos a casa de Sonia y Ernesto a devolver a la pequeña Piera, que se portó como un ángel.
Pan desapareció, patinando, por la calle Balmes….
Scott Wade es un tipo que hace algo muy singular con los cristales sucios de los coches: dibujos realmente extraordinarios.
Mirad la primera foto. El artista encuentra así los cristales.
A continuación, mirad en lo que se convierten los cristales sucios (11 fotos).










Antes fango que tierra en creación pisada
Por soldados inútiles desfilando inocencia
Una guerra interior, otra mundial
Abeja reina, rey de la selva
Agujeros y casas donde transcurre el tiempo
Envejece un humano como muere un insecto
Antes o después pisoteado. Antes
O después, muerto.
No creas, si no quieres, lo que digo .Pero
tampoco pienses que te miento.
La música amansa fieras y entretiene hombres
Breve , después de todo, el círculo y el ciclo
Tiempo donde pasar sobre las cosas
Balanza equilibrada sólo cuando parece
Que el bueno se hace extraño y el malvado perenne
La fortuna no existe.
Habría sido todo mucho más sencillo
de poder repetir todo lo errado
nacer de nuevo un día conociendo el trayecto
disminuyendo viajes absurdamente
rectos.
He tardado ya mucho en descifrar un código
De valores. Humanos
En conocer mi sombra y en saberla perpetua
En no creer en dios ni en las señales
La mágica soy yo, lo sé hace mucho
Sobre este medio siglo generoso que apunta
El gesto que en mi rostro se genera
Yo quiero ser maldita y quiero ser gamberra
Hasta el final. Aspiro a ser la virgen , la meretriz privada
Inspiro los olores más prohibidos para saber qué
Pasa.
Y sobre todo ello existo.
Ahora que las cartas ya no tienen demasiado sentido, echo de menos aquellas cuartillas repletas de líneas torcidas donde yo te lo contaba casi todo.
Ahora que estar lejos parece muy cercano, seguramente me decida cualquier día de éstos a estrenar el famoso ave.
Ahora que te escucho tan triste como opaca, no me parece distinto a cuando nos contábamos las penas hace treinta y cinco años.
Ya sé que eso es mucho tiempo.
Ya sé que la vida es distinta y que todo gira alrededor de otras cosas que nunca habríamos imaginado.
Yo no sabía nada del futuro y tú tampoco.
Y creíamos tener pasado.
Ahora sí que el pasado nos aturde y atormenta.Pero
te diré una cosa: Sigues siendo una princesa
maravillosa.
437 días en la cárcel un inocente joven de Motril - 01:50Más de un año de cárcel porque a la jueza se le olvidó gestionar su salida. Esta es la situación de un joven de Motril que se declara inhocente de los...Tags: noticias informativos teleideal joven cárcel Motril Granada jueza olvido inocenteAñadido: Categoría: NoticiasAutor: videosVotacion: 5.00 de 1 votosDónde estaba el abogado del joven de Motril mientras cumplía condena en prisión por un delito del que fué absuelto? Sería un abogado de oficio de los que miran el caso cinco minutos antes de entrar en la sala del juzgado? Por qué se acusa a la jueza cuando todos los documentos que llegan a su poder pasan por manos de distintos oficiales de juzgado supuestamente examinados y correctos? Es obligación de un juez controlar el trabajo de todos los funcionarios? El joven de Motril, estuvo sumisamente preso todo ese tiempo o no le extrañó demasiado su condena teniendo en cuenta sus antecedentes? Por qué ahora el abogado del joven de Motril es García Montes? Todas las monedas tienen dos caras. La realidad es que un toxicómano va a cobrar 103.000 euros en concepto de indemnización, ojalá que para su rehabilitación, pero lo dudo mucho. La noticia de este caso en la prensa alemana, plasma a España como un país de charanga y pandereta. |
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La sentencia, contra la que cabe interponer recurso, se pondrá en conocimiento del CGPJ y del Ministerio de Justicia.
Cuando la vida breve y a mitad del cuaderno se interrumpe el dibujo
Alienta sin aliento el final del camino, se preguntan
Los seres que ya han sido y los seres queridos, los cercanos
Los juegos de los niños, si tal vez intentamos el todo por el todo
Si fue lo suficiente, si lo hicimos , si arrimamos
El lomo hasta su lomo, si la mano
Fue amiga cuando fue necesario. Y por qué
Tan aprisa se borra una persona
Cómo se va tan pronto, por qué ayer, cuándo
Hablamos con ella por última vez. De saberlo
Podríamos regalar todas las flores, escuchar
Su canción entre todas las voces
Cambias nuestras agendas, dormir
Junto a su vida mientras las horas pasan
Decirle, yo me quedo, por encima de todo
Yo me quedo contigo.
Hay formas entre formas que jamás se adivinan
Hay una sola hora que no está en el reloj
Hay dioses en el mundo que no rezan por nadie
Personas que no tiemblan cuando llora el temor
Hay pañuelos sin nombre que arrugados te muestran
El paso por el tiempo y la vida que fué
La tuya, la mejor, la única, la eterna
La palabra en tu nombre para siempre jamás
Tu nombre, Sandra, siempre sobre el mundo
Tu presencia hoy divina nos puede rescatar
De la prisa, lo absurdo, lo que no importa tanto
De lo que ahora existe por encima de un cielo
Donde tu hermoso rostro ocupa su lugar.
Los asuntos no cuentan, se queda la memoria
La razón de haber sido y de vivir sin más
Tu nombre es para siempre entre los pájaros
El cordón no se ha roto sólo porque no estás.
Permaneces eterna , tranquilamente hermosa
Escalando la cumbre. Te buscaré
Al llegar.
Amsterdam es una ciudad atrapadora. Se respira libertad y marihuana con una naturalidad que no debería sorprendernos, pero nos sorprende, porque el resto de las ciudades no son así. Si quieres fumar, te metes en un cofee-shop, compras un porro por tres euros y te lo fumas sin más.
Lo más curioso para mí son las putas. El barrio rojo es un enorme escaparate donde se muestran, sugerentes pero no guarras, en pequeños locales a pié de calle. Sonríen sinceramente, parecen felices. Yo nunca había visto prostitutas contentas, y las de Amsterdam lo parecen. Las de la noche son muy jóvenes y con cuerpos monumentales. Las de día mucho más mayores, con celulitis pero sin problemas.Por lo menos lo parece.
Las prostitutas de las calles de Barcelona son tristes.
Amsterdam es un lugar mágico donde aterrizar para contemplar la libertad en toda la extensión de la palabra.


ELLOS NO LO SABEN, PERO SERÍAN LA PAREJA PERFECTA
PARECIDA TRAYECTORIA
SERIEDAD, ESTILO...JEREMY DIJO UNA VEZ QUE LA ÚNICA ACTRIZ QUE NO LE PARECÍA UNA HISTÉRICA ES CHARLOTTE RAMPLING.
QUIEN SABE...

Habría sido el sucesor de Suárez y presidente del gobierno de España. Y eso se sabía. Lo sabía Felipe González y lo sabía Aznar. Y lo sabíamos muchas, aunque quizá no las suficientes, personas de éste país.
Mario Conde ascendió por sus propios medios. Nadie le regaló absolutamente nada. Ningún presidente de gobierno, presente o pasado, tenía ni tiene su historial académico. Ninguno era tan joven. Ninguno era tan guapo. Mario Conde era joven, guapo, inteligente como pocos, y rico. De las dos primeras cosas no tenía la culpa, se las dieron sus genes y su naturaleza. De la última, tampoco. Se lo ganó con su esfuerzo. Mario Conde no habría necesitado asesores de imagen, ni grandes campañas publicitarias, porque bastaba con su cerebro y con su presencia. Tampoco necesitaba más dinero.
Se supone que el presidente de un país debe ser eso. Que nos debe representar el más inteligente, el más honesto, el más preparado, y a poder ser, el más joven y el más guapo. Para dirigir, gobernar, levantar, respaldar, negociar, y representar a España.
Hablar bien de Conde sigue siendo arriesgado. De pronto te cuestionan hasta los amigos de toda la vida. Conocemos en profundidad su historia? No. Nos hemos preocupado de ir más allá de lo que dicen los medios de comunicación? No. Quién se cargó a Mario Conde? : Seguramente los mismos que le encumbraron, muertos de miedo. Un juego político perfectamente maniobrado. Le temían, porque sabían que a Conde nadie le haría sombra, nadie. Con qué facilidad se le llamó ladrón y estafador. Por qué se le metió en prisión un día de Navidad? Por qué, si hasta a la Pantoja la detuvieron de un modo mucho más amable? Para demostrar a toda España que los ricos también lloran?
El no lloró. Ingresó con la cabeza alta, y sólo ha bajado la cabeza al perder a su esposa, vencido por la tristeza. Qué feo es Aznar. Qué feo. No me lo puedo ni imaginar hablando con Mario Conde. Ni siquiera recordando a “la bella y la bestia”.
Ahora, que hemos visto y oído a un hombre triste ante lo inevitable, en un programa de televisión que muchos, dicen también no era el marco adecuado, nos sorprende la imagen ¿distinta? Del que fue una de las personas más poderosas. Pues yo creo que es el mismo de siempre. El triunfador, el preso, el hombre. Qué inmensa injusticia y qué gran error se ha cometido con Mario Conde. No le dejamos estar ni le dejamos ser.
“Ví la entrevista, y me acordé mucho de ti, porque siempre le defendiste, y ahora creo que puede que tuvieras razón”, me han dicho muchas personas. ¡Ahora¡ por qué ahora?
Porque aparece en un programa de la televisión, envejecido, triste, y hablando desde dentro? Si algo le ha derrotado, dicen, ha sido la muerte de su mujer. Ni la venganza, ni la traición, ni el hundimiento al que fue sometido pudieron con él. Su cabeza seguro que sigue siendo la misma, y es lo que siempre, siempre, le distinguirá del resto.
España perdió a un gran presidente de gobierno. Siempre he creído en la inocencia de Mario Conde.
Lo que dicen de mí lo sabe el cuento
Jamás contado a nadie porque sí
Lo saben los de cerca , los más viejos
Los que quedamos sólos y sin luz.
Aquellos que ganamos durante corto tiempo
Flaco favor eterno grabado para el resto
Terco sobre la envidia del peor.
Lo que dicen de otros yo ya no me lo creo
Lo que veo lo admito sin preguntas
Requiebro
Escribo, en fin, perdiendo conclusiones
Dependiendo del fuerte y haciendo frente al norte
Firmando sin temor al compromiso
Lo que digo se sabe, no se sabe quién
Dijo
Qué hice, dónde estaba, con quién, por qué
Ganamos y hasta cuándo nos perdimos
en un pulso agotado por la apuesta más fuerte
por el tiempo suicida de alcanzar y seguir,
de tentar a la vida y tentar a la suerte
de mantener el tipo sin mentir .
Yo he mostrado las cartas y nunca me creyeron
Se rompió la baraja mientras crecía el celo
Se celaron los pájaros, los cuadros y los cuerpos
Desearon tener lo que nunca tuvieron
Juzgaron y dijeron lo que todos escuchan.
Yo tuve un amplio templo donde mi socio,
Muerto.
Yo levanté una flor, no perdí tiempo. El
sabe de lo que hablo, y lo mantengo quieto
Yo le echo de menos tanto que no puedo
Recordar sin llorar, llorar sin recordarle
Dí todo lo que tuve, todo lo que existía
No me importó parar ni cuestioné los días
aprendí siendo niña que queda lo que importa, que la razón de ser no va sobre los nombres
que un nombre se construye, calumnia, se marchita, representa, diluye, corrige y siempre aumenta
sobre tiempo postizo, cuando la gloria muerta
antes que el nombre, un hombre.
Consuelo García del Cid Guerra.
El poema que conmovió a Mario Conde, y que recitó en La noria, en homenaje a su mujer, Lourdes Arroyo:
Esta puerta se abrió para tu paso.
Este piano tembló con tu canción.
Esta mesa, este espejo y estos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
Es tan triste vivir entre recuerdos...
Cansa tanto escuchar ese rumor
de la lluvia sutil que llora el tiempo
sobre aquello que quiso el corazón.
No habrá ninguna igual, no habrá ninguna,
ninguna con tu piel ni con tu voz.
Tu piel, magnolia que mojó la luna.
Tu voz, murmullo que entibió el amor.
No habrá ninguna igual, todas murieron
en el momento que dijiste adiós.
Cuando quiero alejarme del pasado,
es inútil... me dice el corazón.
Ese piano, esa mesa y esos cuadros
guardan ecos del eco de tu voz.
En un álbum azul están los versos
que tu ausencia cubrió de soledad.
Es la triste ceniza del recuerdo
nada más que ceniza, nada más...
Homero Manzi
EL POEMA QUE EMOCIONÓ A MARIO CONDE Carlota Martín Conrado publica en Torrevieja Digital quien es el autor del poema que emocionó a Mario Conde , y que recitó en La Noria como homenaje a su mujer, Lourdes Arroyo, recientemente fallecida. 29/03/2008 20:00. |

EL POEMA QUE EMOCIONÓ A MARIO CONDE Carlota Martín Conrado publica en Torrevieja Digital quien es el autor del poema que emocionó a Mario Conde , y que recitó en La Noria como homenaje a su mujer, Lourdes Arroyo, recientemente fallecida. 29/03/2008 20:00. |
Yo creo todavía en los montes malditos y en el monte perdido
En las pérdidas que arrojamos las perdidas jamás arrepentidas
Del arrabal a la cima existe un trecho corto por donde pasa el tiempo
Entre alcohol con almíbar, absenta alucinógena, con las drogas más justas
Catedrales con hombres y errores transgredidos , soy
Lo más incorrecto, la más clásica, la menos extendida. No quiero
Medio siglo de más ni vida acostumbrada. Ya
No puedo engendrar, no me preocupa nada el calendario y no sigo
Los festivos, los hábiles ni los santos con nombre. El cielo es aburrido.
No pretendo otra cosa que dejar las palabras a quienes las entiendan
Me esforcé en estudiar, en florecer, en escalar malditos
Montes y personajes. No persigo la gloria ni mantengo mis deudas
Por demasiado tiempo. He pagado y lo pago con la espalda crecida
No cambio de perfume , tampoco de tabaco. Fumaré hasta que muera
Quiero morir fumando, trasnochando, escribiendo. Seré una vieja adulta
Una vieja perversa, con secretos, historia, memorandums, sumarios
Una mujer con banda organizada
A la respiración profunda, al abismo, al silbido. El placer es vivir
Profundamente
La existencia maldita para extraer un nombre, sólo uno
Un día, un segundo, un sitio con razones poderosas, que se sepa
Que entonces, sólo entonces, precisamente entonces yo fuí feliz
Contigo.