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Consuelo García del Cid Guerra

feliz cumpleaños, Lissy ¡¡¡

cómo te trata el cielo, divina virgen virgo?
estás bien, buscas algo, todavía, al final de las nubes?
dónde queda horizonte con todo el mar, inmenso
en qué tormenta breve te abraza el mejor ángel
tú, bella del señor, trigo bendito. Divina virgen
Virgo.

 

EL PADRINO

Tenía nombre de rey y de entre todos los reyes, nombre de rey divino. Nombre de sopresa, de regalo, de vacaciones, de fiesta. Melchor era un hombre que recuerdo
aristócrata sin serlo, rico sin serlo del todo, guapo sin conseguirlo. Parecía las tres cosas y no era ninguna de las tres. Melchor era un tipo excéntrico para la época, demasiado elegante, demasiado resultón, demasiado pintoresco. Siempre me pareció mayor, pero tampoco lo era. Yo lo veía como a un millonario en su palacio de la calle Córcega, un entresuelo enorme en cuyas paredes colgaban todos los cuadros, todas las vírgenes, todos los caprichos. Hacía colección de monedas, de látigos, de teléfonos, de cajas, de billetes, de relojes. Y lo exponía todo sobre las mesas y las amplias paredes de techo alto. Su habitación era blanca, con los muebles lacados también en blanco, y un teléfono blanco, de madera, en una de las mesillas de noche, puramente decorativo, porque no funcionaba. Los bordes de la cama y del armario eran dorados. Parecía la alcoba de un actor de cine, y es lo que a mí siempre me pareció Melchor, un actor de cine. Sólo los amigos le llamaban por su nombre. Para los hijos de los amigos siempre fué "El padrino".
Y era el padrino de todos los hijos varones de sus amigos. El día de los Reyes Magos celebraba su santo a bombo y platillo. Su prima, una mujer que hacía las veces de ama de llaves, dueña y señora, vivía con el padrino desde su juventud. Nadie se preguntaba esa relación, y cuando yo lo hice, mi madre me contestó que era como un "matrimonio blanco". Yo no entendí lo de blanco, y ella me explicó que no dormían juntos ni tenían hijos. Será que no se quieren, pensé, pero no era cierto, porque se querían como hermanos y se necesitaban mutuamente.Entonces, insistí, quiere decir que los matrimonios que duermen juntos y tienen hijos, son "matrimonios negros"? Nadie me contestó como no me crespondieron a esas preguntas de la infancia.Incómodas, de respuesta complicada para los adultos que quieren ocultar algo. Yo siempre supe que del padrino algo se ocultaba, pero no sabía qué.
Melchor se levantaba muy tarde, pasadas las doce, todos los días del año. Se colocaba un batín de raso y un foulard blanco perfectamente doblado y se sentaba en su sillón de orejas. Escupía varias veces sobre un artefacto repugnante de cerámica llamado "escupidera", porque tosía constantemente. Fumaba un pitillo tras otro de una marca extraña llamada "Montesol".Y hablaba. Y escuchaba. Y yo le escuchaba porque sus conversaciones eran siempre interesantes, distintas, memorables. Hablaba mucho de política. A veces llevaba un bastón con puño de oro con sus iniciales. Parecía un marqués. Y entonces aparecía Máximo.
Máximo era un joven muy guapo que trabajaba con él. Nunca supe deducir sus funciones pero era algo así como un asistente, un hombre para todo, su hombre de confianza. Eso. Para todo y de confianza.Durante años y años, desde que recuerdo, estuvo siempre allí. Y la prima del padrino le trataba como si fuera de la familia. Era una casa extraña. Todos dormían sólos, nadie era el marido ni la esposa de nadie, pero era un hogar. Blanco, como dijo mi madre.
El día de los Reyes Magos, todos los ahijados de Melchor recibían un billete de mil, que entonces era muchísimo dinero. Incluídos los hermanos de los ahijados, como yo. El padrino salía a media tarde, en verano con un impecable traje de lino blanco y un sombrero. Dios, qué hombre. Yo le miraba. Guapo. Tieso, atractivo, digno. Un señor. Un actor. Máximo, su todo y su confianza, a veces le acompañaba. Qué guapos los dos.
Pasaba el tiempo pero para el padrino no, porque nunca envejeció del todo. Ni siquiera cuando enfermó irremediablemente. Yo miraba un pájaro de cristal azul que tenía colocado en una de las mesas, bajo una gran piel de leopardo. Y el padrino hablaba desde la cama de su habitación blanca y junto al teléfono de mentira. Máximo, todo confianza, estaba.
La muerte de Melchor fué una muerte magnífica, señorial, como él. Y ni siquiera entonces, que yo ya tenía más de veinte años, me hice preguntas. Yo sentí que con el padrino se fué una parte fascinante de mi infancia. Nunca le he olvidado.
Cuando pensaba en él, un paisaje confuso me aparecía lentamente en la memoria. Mi madre puso una foto de Melchor junto a la de mi padre. Me la quedé mirando. Y de pronto, sin más, como una revelación, solté:
-Mamá, el padrino era gay, verdad?
-No te consiento que digas eso. No te lo consiento.
-Pero por qué? no pasa nada. Era homosexual, verdad? y Máximo era su amante.
-No ¡¡¡ -exclamó, enfadadísima-. No vuelvas a decir eso nunca más.
Y según se enfadaba me daba la razón. Y de pronto el padrino me dió mucha pena por haber tenido que estar ocultando su vida. Su todo y su confianza, Máximo, qué guapo era. Creo que no tardé mucho en deducir que los matrimonios blancos no existen. Pero los negros sí.

 


 

ES UN PLATO QUE SE COME FRÍO

 

            ES UN PLATO QUE SE COME FRÍO

 

 

Habrá que procurar un techo a las arañas antes de navidad

Que no teja tu caspa puntillas a golpe de bollillo

No me gusta tu tiempo. Es inútil tu olor.

Extiende las ventanas y que la vida entre

Reparte las legañas a la hormiga mayor

Tírate al agua y rueda arena abajo

Allí estarás perdido. El miedo te hablará sin respirar

Mojado, reducido, pareces una rata implorando el bautismo

Adulto envenenado sin un solo bolsillo

Desnudo, manos pálidas, ridículo

Jadeando hacia arriba como otro animal

Sin dormir, sin saber. A título de estiércol

Te maldije hace mucho. Y ahora

Este paisaje tuyo que satisface tanto, escribe

Una sola palabra, magnífica, grandiosa

Definitiva al peso insensible de un murciélago

Sucia, negra, cargante. Como lo que tú has sido.

Está escrita en la sed de tu garganta

Te miran los hurones, las serpientes de agua

Y el hada de los sueños se coloca ante ti

Para gritar : Venganza.

 

 

 

 

SALÓN

 

Vendaval a cubierto que inventaba mi padre sin saber del misterio

Cuatro sillas unidas en el final del tiempo. El dibujo perdido de la alfombra

Final sentimental que jamás dio sentido a tantas fotos. Album

Que no se sabe. La maceta sin flor no sobrevive. Nosotros somos poco

Sobre un largo apellido en su olvidado honor. Nobles

Qué pena , qué claridad de bosque y desperdicio. Galgos y cacerías

Todas las tardes, todas. Un reloj de campana solemne y caprichosa

Los nombres y su casa, la dirección concreta que se pierde. Somos ricos

Y pobres herederos del polvo. De lo antiguo y lo viejo, de las cajas

Absurdas. Del viento de abanicos mezclados con navajas. Un gitano y un rey

Dos barajas de cartas. Ese ruído traidor de la venganza. Trampas.

Medallas sin valor , raso arrugado, inútil. Sacar brillo a la plata, conservar

Disecado el lagarto de aquel día de invierno. Tendido al sol un trapo.

Se adivina mañana como un día muy largo. La radio está encendida

Al calor de los cuartos . Apaga la luz, dijiste, ya es muy tarde.

Soñaba con el color del metileno, sabes. Soñaba con ser tú y con la luz

De un descarado sol al mediodía. Ya tengo pasaporte. Me voy, deja

Que busque otro lugar vacío donde poner el resto. Tira el baúl ,

Vuelve a la siesta tonta que recuerdo a lo lejos. Me despierto mojada

Habrá sido la lluvia de ventanas cerradas. Tal vez he sido yo.

No me hagas mucho caso. Todo pasa.

ADOLESCENCIA

 

 

 

 

 

 

 

 

Y no fueron felices, colorín colorado, mentirosa. Te sabías los cuentos

A cambio de un pedazo de pastel o de perfume,  de una barra de labios

Su teléfono estaba escondido con todos los secretos. El período, regla

De almanaque gastado que no quiere los días ni los viajes muy largos

La adolescencia es un billete de metro revisado. Monedas y propinas

Susurros en la oreja. Un relicario, un sello, media canción. Actores

Imposibles, tú y yo, ahora no puedo. Te llamaré más tarde.

Fumar en los lavabos, borrar los besos, morir y desearlo. No me dejan

No puedo. Son las nueve, es muy tarde. Yo te llamo. Un cuaderno

De nombres, chinescas sombras, amigas para siempre, no me olvides.

La corteza de un árbol y un corazón escrito en el invierno. Salida

Acampada, guitarra, sueño roto. Tu nombre la pared, mi nombre

En los lavabos. Yo te llamo. Una playa recuerdo, un pájaro y tu jaula

Tres colegios. La marca que florece iniciando tu pecho. Los pelos

Ordinarios, nosotras. Una nota prendida en el ojal del miedo

Me quiere, no me quiere, yo le quiero. No sabe que me muero

Su colilla que huele al sabor de su dedo. Corre mientras te llaman

Sigue mintiendo. Novillos, jaque mate, dieciséis, diez y siete

Cuadros, flequillo. Breve mantilla negra. Miércoles y Domingo.

Entre mi falda crece la posibilidad. No viene. Dijo a las tres.

No viene. Mariposas, membrillo, pan con nueces. Un vaso de agonía

Esa angustia creciente. Cuéntamelo, qué ha dicho. Una marca

En la arena del verano perdido. No le volveré a ver. Su inicial

En todas partes marca los asuntos. Castigo. El primer bar. Fin de curso.

Función, cantor, medida, todos los pianos tiemblan. La cuchilla

De afeitar sobre mis cejas. Poblados y desiertos, agujero

En la oreja. Sangre por dentro y fuera. Llámame.

No te olvidaré nunca. Tengo frío. Sucede. Un roce sin destino.

Francés, problema, canto. Adán y Eva. No sé vivir sin ti.

La perdiz es amarga. Es cierto. Lo decías, verdad, tú

Lo has escrito : “Todas mueren a los quince”. Y nos morimos.

PASILLO

 

Analizo mi escote y busco por si alguien, dentro

Del cuarto oscuro piensa en recluír de nuevo

A las niñas malvadas por sus torpes embustes

A los perros

Al cuaderno borroso de tu caligrafía

Cien veces : No lo volveré a hacer. De nuevo

Las piedras son divinas sobre cada tropiezo

No me gustan los ángeles. No existen.

No rezo a dios alguno ni siento ese respeto

Sobre la nuca joven de un hombre que me mira

Devuelvo la intención, sigo y pregunto

Su nombre.

Algunas veces cae como granizo, inmenso

Otras paso de largo y un tren cercano silba

Medio siglo se acerca y no temo la cifra

Será porque me gusta insistir

Y estoy viva.

 

 

La grandeza del ébano era tu longitud, todo tu menester

Cuerpo contra la lluvia y la raíz del junco

Piso, cabaña, casa, ocupa de ti mismo

Señor de los intentos orador por el resto

Un libro, las promesas, una morada errante

Puerto, país, dibujo, notas en el cuaderno

Dame la mano, rompe

La cuerda que presiona tanto pulso

Sigue, que me perdonen

Duerme allí donde el sol se hace benévolo

Allí donde las flores

El zumo y la naranja, los trozos de pan

Seco.

Continúa, no es tarde

Una mujer de nácar te contempla

Tus manos y la fuerza

La lluvia entre los brazos.

Hace mucho de eso, demasiado

Nadie hablaría ahora del pasado

En tu cara el hogar, en el salón

Mulatos

Juegan al dominó, a las damas, al ajedrez

De tantos

Hacen honor al pié como ningún zapato

Tú llegas, sonriente, del trabajo

Y abrazas como nadie

Has cerrado los ojos para pensar de nuevo

Una y mil veces gracias

Por el calor, los cuadros, la cerveza

Salud, amor, intento

Corage e inisitencia. Gracias

Por esta vida entera, te repites. Ya nadie

Podría deducir o imaginar siquiera

Desde tu piel de noble cultivado , la palabra

Patera.

 

EL REY Y ADOLFO SUÁREZ

Los Reyes visitan al ex presidente Adolfo ...
Europa Press - hace 1 hora 20 minutos

Los Reyes visitan al ex presidente Adolfo Suárez en su domicilio particular para entregarle el Toisón de Oro


de Erick Strand

 

La compulsión de escribir, a la hora que sea, con el ánimo que sea. Ni una noche sin página. Ley. Oficio de escriba que no llega a escritor. Una más en una retahíla de noches sin sueño que si se pusieran juntas parecería que la humanidad no ha dormido nunca. Carpe Noctem. Recuerdos que surgen del descuido de desconcertadas sinapsis del cerebro. Pongamos por ejemplo: las pulgas de playa asomando de sus pequeños agujeros en la arena y haciendo cosquillas en los pies.

No me interesa en absoluto ver a nadie. No quiero recordar nombres ni personas. Deseo extraviarme por las pretendidas callejuelas del cementerio de Berria y contemplar los insectos sin prestar atención a las inscripciones de las lápidas donde antes jugaba al escondite con mi hermana sin preocupación ni respeto. Tenía la décima parte de años que ahora y no sentía culpa. Ellas me conocen desde siempre y yo conocí en vida a la mayoría de sus inquilinos. Me conformo con observar las plantitas de hoja gruesa que caen hacia el mar como modestos Jardines Colgantes de Babilonia, con la agresividad que da el ser y sentirse insignificante, midiéndose de tú a tú con la marea y el nordeste. No he venido a ver a nadie. He vuelto solo y solamente a sentir las cosquillas en los pies. A sentir.

Han pasado un buen de años y gentes, pero las pulgas perseveran sin que nadie pueda afirmar a ciencia cierta que no son exactamente las mismas que brincaban de niño ante mis pies. Es más que probable que aunque todas me parezcan idénticas, las pulgas viejas recuerden mi nombre o mi olor y se lo digan a las nuevas: Mirad quién ha venido. Lo sabíamos, sabíamos que algún día iba a regresar. Y que salten más despacio y menos lejos, pero con gran alegría. Ha vuelto, os lo dije, ha vuelto.

Esa suma de múltiples pequeñas alegrías debería ser suficiente para hacer una más grande, con aspecto de alegría humana o, cuando menos, de sonrisa sincera y no condescendiente ni forzada. Pero no. Para el universo diminuto de las pulgas soy grande. Pero para el mundo soy una pulga de playa de corteza transparente y apariencia desagradable. Un regresado.

Tal vez este lugar me odia porque le conozco muchos secretos. Sus olores viejos a salmuera, los nombres verdaderos de las calles que cambiaron de nombre y  el lugar exacto en que deberían estar las cosas: el submarino, el secadero de redes, la fábrica de  hielo. He venido a poner las cosas en su sitio y no me dejan. No es que me lo prohíba el Ayuntamiento. Es que las cosas no quieren volver a donde estaban.

Vamos a llamarla Alma. Tiene otro nombre, por supuesto, que encaja perfectamente con sus interminables ojos azules. Alma es más como de chica pálida, pero por motivos obvios de confidencialidad y porque ya tiene tres hijos grandes y porque si nos viéramos se nos partiría otra vez el alma, llamémosla Alma. Sólo por esta noche. Aunque ella y yo sabemos lo mismo que los del Ayuntamiento: que aunque yo haya regresado y crea seguir siendo el mismo, las cosas han cambiado drásticamente. Sólo el nombre de este lugar –milagrosamente- sigue siendo el de antes. El de toda mi vida.

La vieja fábrica de hielo con su inconfundible tufo a amoníaco y la estridencia de los bloques azules transparentes cayendo al suelo y siendo arrastrados hasta la camioneta de reparto, que expele un humo azul que apesta a diesel mal quemado, se mezcla con el aroma penetrante a salazón de la conservera de los Albo y con el sudor de las mujeres que filetean con maestría la anchoa que llegó hoy mismo a la Venta parida por la panza de una bonitera que vino con mucha mar y riesgo de Terranova y reencuentra a la lágrima del partir con la del regreso, la saliva del beso apresurado con la del desesperado, el olor a cuerpo joven de casi mujer haciéndose hembra auténtica en mis manos, el aroma de Alma y del alma entregada a las caricias adolescentes cuidadosamente ocultas en esa esquina del puerto en la que me encuentro en este momento mientras llueve esta llovizna fina y persistente sobre el alma.

 

Erick Strand

LA TRADUCTORA

 

Veronique vivía en un piso de la parte alta, aparentemente una buena zona. Todo en ella era aparente. Todo. El ático , atiborrado de muebles viejos, que no antiguos, con pretensiones de algo que fue pero que no le perteneció a ella, seguramente heredado de su madre. Espejos de grandes dimensiones con marcos dorados donde ya no se reflejaba nadie, porque estaban ahumados, como si hubieran pasado por un incendio. Sofás cubiertos de telas raídas que ocultaban una tapicería azul, cortinas de flores en colores pastel, como lo que ella pretendía ser, un gran pastel de frutas fuera de temporada, exageradamente dulzón, reconstruído tras las huellas de los dedos de media docena de niños. Si existieran las tartas de segunda mano, por imposible que parezca, Veronique las compraría para ofrecerlas a sus “amigos” en una de las reuniones que ella acostumbraba a llamar “petit comité”, donde una pierna de cordero asada quedaba en el suelo por falta de mesa, y una botella de licor de guindas acompañaba al plato más absurdo. Veronique era absurda, egoísta, quiero y no puedo, presumida, altanera, traductora y francesa. Esto último lo recordaba siempre: “Soy francesa”, una y otra vez, viniera o no a cuento.

Su edad era un misterio y era a la vez su drama. Nunca decía la verdad, y celebraba los cumpleaños sin revelar jamás cuántos cumplía. Tenía pánico a envejecer y a pesar de su paso por el quirófano seguía pareciendo vieja, patética por los liftings, que ya no servían de nada, puesto que la piel parecía papel de fumar a punto de reventar. La última operación, en la que se puso el pecho tieso, la dejó como una momia ridícula: Unos senos de chica de veinte años pegados en el cuerpo de una anciana. Todo en ella era falso, de plástico, artificial, de mentira. Se arreglaba por fuera pero su interior no tenía remedio. Pactaba con su cirujano plástico el pago a plazos de cada intervención, y siempre estaba  soltando dinero, pequeñas cantidades mensuales por la última operación, mientras preparaba la siguiente. Cara, cuello, pechos, culo, brazos, liposucciones, manos …si se hubiera quemado a lo bonzo le saldría más barato.

Su “Centro Internacional de Traducciones Europeas” era una habitación de veinte metros cuadrados situada al lado de su habitación, en el ático, donde vivían dos gatos siameses de más de doce años cada uno y con cataratas. Los gatos “Titi” y “Mimi”, estaban siempre sentados en el sillón de Veronique, a derecha e izquierda, durmiendo plácidamente. Bajo la mesa, una urna con las cenizas de su madre. La imagen de la traductora con los dos gatos y las cenizas de la difunta mientras gritaba por teléfono a alguno de “sus traductores”, era digna de la España profunda ó del París de su Francia, según se mire. Porque Veronique acostumbraba a no pagar a los traductores. Se embolsaba la pasta de los clientes y al mínimo error no pagaba. Su paso por los Juzgados por denuncias de reclamación de cantidad estaban a la orden del día. Buscaba testigos falsos y  abogados siempre distintos porque terminaban hasta las narices de ella puesto que racaneaba honorarios. Veronique lo racaneaba todo excepto sus operaciones.

Su casa era un nido de polvo, de pelos de gato y de grandes armarios donde se amontonaba su ilimitado guardarropa. También la ropa la compraba a plazos en la boutique de al lado. Vestida de Armani, con las uñas sucias y apestando a perfumes franceses que se mezclaban con aroma felino. Veronique era una gata de uñas negras.

Acostumbraba a tener servicio, pero nunca fijo. Sobre todo para el planchado. La plancha era casi un ritual para ella, y entonces se organizaba todo un espectáculo de calor y vapores mezclado con legañas de gato, ácaros, zapatos con olor a pies, pestazo a coliflor hervida y carne picada, que comía tanto ella como los dos siameses.

“Yo soy una dama”, acostumbraba a repetir mientras maldecía ó escupía a su último amante. Porque Veronique coleccionaba hombres muy determinados. Guapos, más jóvenes que ella, extranjeros y pobres. Los seleccionaba, se los llevaba a su casa y en menos de dos años todos la dejaban, por pobres que fueran. Vivir con Veronique era para darse a la droga dura, aunque ella no soportaba las drogas. No tenía problema con el alcohol, incluso se emborrachaba de vez en cuando, y su concepto de “drogas” no incluía el vino ni la ginebra.

Su último amante, Max, un tiarrón americano que había combatido en Vietnam, era alcohólico. Aprendió a hacer ensalada de flores en la isla de Wang, cosa de la que presumía Veronique en su “petit comité”.

Su forma de atrapar a los hombres siempre era la misma: Se los llevaba a casa, les daba trabajo como traductores, montadores o pintores, ella se quedaba con todo el dinero y no les daba ni para tabaco. Max traducía del inglés y era muy rápido y hábil en las simultáneas. Alto, corpulento, de ojos azules. Un hippie redomado que no encajaba en la vida de la dama traductora. Se pasaba el día encerrado en la habitación de la entrada con el ordenador, entrando en páginas porno y llamando a teléfonos eróticos.

Veronique insistía en “domesticarlo”. Le compró trajes y corbatas. Se lo llevaba a congresos y convenciones. Durante la clausura de un seminario y a la hora de la comida, rodeados de médicos e ingenieros, sirvieron un solomillo. Max no lo pensó dos veces, le pidió ket.chup al camarero , abrió el panecillo por la mitad y puso el solomillo. Los comensales le miraban muertos de risa. Veronique se quería morir. “Yo soy una dama”, repetía. De vuelta a casa, gritaba como una bruja y le insultaba: “Borracho, desgraciado, yo que te recogí de la puta calle, cómo te atreves a ponerme en ridículo de esa manera”.

-La ridícula eres tú, Veronique, vieja chiflada, no me faltes al respeto –respondía él-.

Ella pasaba del grito histérico al aullido de loca : “ ohhhhhh, mis gatitos, Titiiiiii, Mimiiiiiiiiiiiiiiii ….”. Max la miraba con cara de espanto y se encerraba en el zulo de la entrada mientras encendía el ordenador.

Veronique seguía gritando por los pasillos, continuaba insultándole: “Borracho, el día menos pensado te echo de aquí y veremos lo que haces, no tienes donde caerte muerto”.

Max se ponía los cascos para escuchar a Sinatra y ella seguía gritando y repitiendo: “Soy una dama”.

El bueno de Max terminaba dormido en el suelo, sí, en el suelo, cualquier cosa antes que dormir con ella. Nunca tenía dinero encima, Veronique se quedaba con todo. Estaba harto, muy harto. Prefería dormir en la calle antes que soportarla durante más tiempo. Primero pensó en cargarse a los dos gatos, pero los animalitos no tenían la culpa. Nunca le había levantando la mano a una mujer, pero con Veronique estaba llegando al límite. Ella le escupía, le daba patadas, le golpeaba la espalda. Max no podía soportarla más.

Al día siguiente tenía que hacer la traducción simultánea en un congreso político. Veronique estaría allí, sin dar golpe, como siempre, y se quedaría con todo el dinero.

“Yo soy una dama”, repetía Max hacia sus adentros. “Pues voy a terminar con la dama, decidió, yo me iré a dormir a la calle, pero termino con la dama, vaya si termino”.

La sala amarilla del hotel Ritz estaba llena. Políticos, periodistas y traductores, se disponían a inaugurar el congreso. Los camareros, perfectamente alineados, esperaban la señal para empezar a servir el catering. El maestro de ceremonias hizo una pequeña introducción dando lugar al inicio de las traducciones simultáneas.

Max empezó a traducir, o mejor dicho, a hablar : “Buenos días, el congreso me importa un carajo, he venido aquí para que todo cristo se entere de quien es doña Veronique, la vieja traductora del Centro Internacional de Traducciones Europeas, que no es más que una habitación de diez metros con dos gatos siameses que lo llenan todo de pelos y de mierda. Doña Veronique me recogió de la calle, yo dormía en un banco, me fichó como amante y como traductor. Soy ex combatiente de Vietnam,  alcohólico, y prefiero estar durmiendo otra vez en la calle que aguantar a esta bruja. No paga a los traductores, se queda con todo el dinero para poder seguir operándose, porque está recauchutada por todas partes, me insulta, me pega, me escupe.

No se lava la ropa, sólo la plancha. Se pasa la vida consultando a videntes sobre su destino, pero ahora, Veronique, yo voy a determinar el tuyo. No te soporto, vete a la mierda, me voy, te abandono por mi propia dignidad, y con estas palabras me cargo las tuyas, las que siempre repites, soy una dama, soy una dama…”.

La sala rompió en aplausos y risas. Muchos miraban al techo esperando encontrar una cámara oculta. Veronique fingió un desmayo, falso como todo en su vida.

LYS

 

Las violetas, el trueno, los tres sobres

Cerrados bajo el hueco del bostezo, las

Palabras siguientes al sepelio

Despídete de mi, no queda tiempo

Un tren de cercanías me llevara muy lejos

Te dejaré el incienso hecho cenizas, te

Diré que te vayas si me quedo

Engañaré a un avión y volaré sin él

Resistiré sin tí allí donde me lleve

La estrella de tu mar , la voz de oriente

Escribiré despacio mientras grita

La gente

Me arderán las tres piernas, tu

Sonrisa indolente, las promesas, el verbo

Abandonar, yo

Te dejo.

 

Para Lys Ll. A., que decidió quitarse de en medio hace ya cuatro años, después de anunciar su suicidio hasta la saciedad.Maravillosa persona, superviviente, alcohólica, drogadicta,bulímica,con todo tipo de transtornos que, a pesar de todo, la hacían especialmente buena, porque era buena como pocas.

Vivió como pudo, murió como quiso.Su libro favorito, "las lágrimas de Eros", lo dejé en Colliure, sobre la tumba de Antonio Machado.Sé que le habría gustado.

 

cartas amarillas

Nino Bravo - Cartas Amarillas en Vivo
Famoso Cantante Español Que Murio Muy Joven en Un ACCIDENTE AUTOMIVILISTICO EN 1973 ESTA FUE SU GRAN VOZ.

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MensajePublicado: Mar Abr 15, 2008 1:07 pm    Título del mensaje: OTROS TEMAS RELACIONADOS Responder citando

Sé que resulta un poco largo, pero si alguien tiene interés en leerlo todo seguido, aquí van los tres capítulos anteriores sobre el mismo tema:

MUJERES Y AMORES DE HILARIO


Estos días ando leyendo las memorias de Lilian Hellman, y hay un párrafo en el libro en el que, al referirse a su larga relación con Dashiel Hammet cuenta que tras la muerte del escritor hubo un tiempo en que le resultaba difícil leer sus novelas o cuentos porque era incapaz de separar la escritura de su compañero con la vida que ella le conocía, por lo que siempre encontraba elementos o referencias que le resultaban especialmente íntimas y dolorosas.
Es curioso, pero a mí me sucede algo parecido con Hilario (me refiero a lo de verle a él en sus canciones, no a la relación amorosa, aunque todo es posible en la vida y nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre). De alguna manera, se puede decir que siempre había escuchado sus canciones “desde fuera”, y aunque supiera que tal o cual tema hacía referencia a cuestiones personales, o manías o pasiones o temores privados, no las había escuchado en directa relación con él, anotando, analizando y relacionando, como empecé a hacer ya va para unos meses. Ahora me pasa un poco como a Lilian Hellman, que no puedo escuchar “Ven aquí”, por ejemplo, sin pensar en el Hilario necesitado de cariño que lo reclamaba a toda relación amistosa que yo le conocí.
A estas alturas me parece claro que quizás sea Hilario uno de los cantautores españoles con una obra más autobiográfico, uno de los que de manera más directa ligó sus canciones y su vida. En ella están perfectamente expresados sus miedos y sus esperanzas, sus pasiones y sus decepciones, su deseo de vivir y su espanto ante la vida. Las canciones de Hilario creo que hablan, fundamentalmente, de él mismo, y tal vez por eso el abanico temático que abarcan sea tan breve, apenas dos o tres cuestiones esenciales a las que da continuamente vueltas y vueltas, matizándolas, variándolas conforme pasa el tiempo, completando unas canciones con otras. Ni que decir tiene que eso no le quita ni un ápice de calidad a su obra, aún dentro de las irregularidades que contiene.
El mundo expresivo de Hilario, y el vital, tienen un fondo común, que es la búsqueda de valores absolutos (felicidad, amor, libertad, serenidad…) y la imposibilidad de conseguirlos. La lucha entre la utopía y la realidad (o la realidad y el deseo, que diría Cernuda). Alrededor de este eje se estructuran la gran mayoría de sus canciones, desde las que tratan directamente de su enfrentamiento con el mundo (“Como todos los días”, “Madrid amanece”, “Táxi” y, sobre todo, esa obra maestra que es “Volar es para pájaros”), entre otras) hasta las que le han dado su toque más característico y la referencia más clara para su público: las canciones de amor.
En estas últimas me gustaría centrarme, porque son las más numerosas, y porque en ellas Hilario explicó sus complejas y a veces contradictoras ideas, sueños y anhelos sobre el amor y las mujeres. Es precisamente esa capacidad para analizar las relaciones amorosas en toda su matizada variedad, desde su propia experiencia, pero extensible a otras personas, lo que aleja a Hilario del tópico del “cantante romántico”, con el que ciertos indocumentados le catalogaron a lo largo de su vida y en las necrológicas. En todo caso, Hilario sería un “indagador de sentimientos”, aunque también fuera un denunciador de realidades.
A lo largo de sus casi 40 años de carrera musical, Hilario escribió muchas canciones de amor, la mayor parte de su obra, tanto con letras propias como ajenas. Todas ellas unidas dan una imagen poliédrica de la personalidad de Hilario en este tema, partiendo de ese hecho esencial en su vida que es la dicotomía sueño-realidad. En estas canciones, Hilario habla casi siempre en primera persona, lo que tiende a acentuar su carácter autobiográfico, y describe y canta a diferentes tipos de mujeres y, por consiguiente, de amores, claramente identificables en sus rasgos fundamentales. Diferentes, sí, auqnue, a mi parecer, no contradictorias, sino complementarias. Hilario, como todo humano, es capaz de desear con singular intensidad una cosa y la contraria, tal vez porque, como nos pasa a todos, con cada una ellas se puede cubrir un hueco distinto de nuestras particulares personalidades, una carencia, un deseo o una pasión perfectamente compatibles en su diferencia.
Aparecen, como digo, diferentes tipos de mujeres en las canciones de Hilario, casi todas ellas dignas de su amor o su deseo, aunque en algunos casos también cante esos momentos dolorosos de la ruptura y las causas que la provocan.
Están, por ejemplo, la mujer-refugio, que ofrece cobijo en los momentos de angustia, la mujer-deseada, que se anhela pero no se llega a conseguir, la mujer-compañera, con la que se comparte la vida entera, o la mujer-contradicción, a la que no se sabe si odiar o amar. También hay mujeres-destructoras, que te machacan la vida como una percanta de Discépolo, e incluso, es el colmo, mujeres-felices, con las que realiza un amor pleno y explosivo (como nota al margen, resulta curioso que en las notas que he tomado la mayoría de las canciones que he anotado en esta categoría estén en el disco “no cambies por nada”, 2003). Pero las dos categorías que más abundan, o al menos, las dos para las que yo he encontrado más títulos son la mujer-imposible y la mujer-ilusión. Quizás sea significativo.
El propósito de estas notas sería ver como aborda Hilario estos diferentes tipos de mujeres, y a través de ellas que concepto tenía del amor y cómo lo dejó reflejado en sus canciones. Me temo que me llevará tiempo, e incluso no sé si será muy interesante ni si llegaré a acabarlo, así que me pondré a hacerlo e intentaré ir colgándolo aquí en algo así como capítulos.



MUJER REFUGIO

Debajo de ese Hilario de camisas coloristas, bromas y jolgorio, pelos rizados, lacados o tintados y simpatía arrolladora, a veces aparecía el niño desprotegido, inseguro y temeroso que era en el fondo de sí mismo, al menos una de esas partes de la personalidad que cada uno tenemos, y lo dejaba plasmado en algunas hermosas canciones.
El tema aparece pronto en su obra, en 1973, en “A pesar de todo” y en esa canción titulada “Ven aquí” que el compañero Guillermo acaba de cantarnos en un vídeo. Paradójicamente, ese primer Hilario desprotegido que se confiesa en este tema inicial se presenta no como el receptor de la protección, sino como el donante. Es él quien se ofrece como refugio a otra persona, en un contexto, no de amor, que eso llegaría luego, sino de amistad.
En realidad, la canción es ambigua, pues sólo la utilización en masculino de la palabra “aprisionado” nos indica que se dirige a otro hombre en un contexto de amistad: Pese a todo, estas dos circunstancias no difuminan el mensaje de la canción, esa necesidad de refugio que las personas tenemos cuando ya no podemos aguantar:


Si ves que todo va mal
Y sientes que algo se apaga
dentro de ti;
que el dolor te tiene
“aprisionado”
y la angustia no te deja ni llorar

cobija tu pena en mi hombre
una vez más....

El tema lo retoma en su siguiente disco (“De paso”, 1975), ya en el contexto amoroso, en “Testimonio”, en la que tras definir al objeto de su amor como “mujer fuerte”, “mujer árbol, manantial”, reconoce la protección que le ofrece como característica básica de la relación:


En su profunda gruta
No existe el tiempo.
En su profunda gruta
No existe el dolor terrible de la música.
No existe esa angustia impalpable
De llorar boca abajo
….

Y aún hay otras variaciones del Hilario que busca en la mujer amada no sólo un objeto de deseo, o una compañera con quien compartir la vida, sino, ante todo, alguien ante quien esa dolorida persona que era nuestro amigo pueda romperse como un niño, que asustado ante las fantasmales sombras que en la noche hace el árbol de la calle en su ventana corre a la cama de su madre y se acurruca en sus brazos:

Puedo apoyarme sobre ti
Si estoy cansado,
Quedarme a tu lado
Sin hablar.

Puedo confiarte en ti
Mientras te cuento
Secretos sentimientos
Que hay en mí…

(“Nube de arena”, 1981)

Y más adelante, Hilario se encarga de contar en la misma canción que esa mujer ante la que se siente tan libre y descansado no es su “amor”, sino “algo diferente”, “un desierto en pleno mar”.

Sin embargo, la composición en la que esa faceta de persona necesitada del refugio y la protección que le puede ofrecer la mujer de la que se enamora está más clara es en “María”, esa obra maestra que grabó en 1976 en “La estrella del Alba”.

Al igual que en otras canciones suyas (“Como todos los días”, “Taxi”, “Dolores, dolores”, “Madrid amanece”…), Hilario comienza “María” con una referencia espacio-temporal y establece con ello un principio de realidad:

Amanece y en mi cuarto
Hablo de la oscuridad
Pienso en ella y necesito
Compartir mi soledad.

Luego cuenta lo que le diría o haría a la amada en el caso de tenerla delante, rememorando la aventura que ya han vivido y que, indefectiblemente, ha acabado mal:

Y sin pensar nada más partí
Hacia un largo viaje sin final
Y en aquella entrega me perdí.

Tras establecer que la historia ha acabado lamenta lo que pudo haber sido y no fue y explica el desamparo en que se ha quedado, la desprotección, en definitiva en la que vive sin la mujer-refugio que necesita frente a ese mundo que se le presenta hostil:

Sin ella me encuentro solo
En medio de una calle oscura
Sin ella la noche es larga
Noche azul, noche sin luna

Para acabar expresando su deseo más profundo: refugio y reposo.

Ven, María, que quiero
Anidar en tu blanco pecho (refugio)
Y besar esos ojos que inundan
Mi cuerpo de claridad. (reposo)


Intervención de Tienes la llave

Llevo tantos años escuchando estas canciones, y alguna de ellas han dejado una huella muy especial en mi y en las que he podido
reflexionar sobre su significado en las distintas etapas o edades de mi vida, que ya son muchas.
"Maria " es una de ellas,por motivos que no viene a cuento la letra de esta canción está como anclada en mi.

cuentas que " Hilario comienza “María” con una referencia espacio-temporal y establece con ello un principio de realidad:

Amanece y en mi cuarto
Hablo de la oscuridad
Pienso en ella y necesito
Compartir mi soledad. "
"Luego cuenta lo que le diría o haría a la amada en el caso de tenerla delante, rememorando la aventura que ya han vivido y que, indefectiblemente, ha acabado mal:

Y sin pensar nada más partí
Hacia un largo viaje sin final
Y en aquella entrega me perdí. "

Para mi este trozo de la canción ha significado siempre la definición del momento del encuentro.
Me explico: comienza la canción hablando de su soledad y la nostalgia de haber perdido o simplemente no tener a
su amada con él,y como si estuviera con un amigo le cuenta cómo es Maria y qué ha compartido con ella:

Te hablaré de sus ojos
de ámbar gris,
de su pelo negro y de su piel
de como en sus labios yo encontré
el tibio sabor de la mujer.

Para pasar al momento en que la tuvo en sus brazos, el momento del encuentro amoroso:

Con caricias y en silencio
suavemente me mostró
un lugar donde habitar
compartiendo entre los dos

La luna bañó su cuerpo
de coral...

Y para mi estas estrofas siempre han significado la entrega,la comunión entre dos cuerpos,la fusión hasta perderse en el deseo:

y sin pensar nada mas partí
hacia un largo viaje sin final
y en aquella entrega me perdí

Siempre ha sido en mi modo de entender, la descripción más profunda del momento de la entrega de un hombre a su amada.
Quizás concebí este criterio con los 18 años en que hizo mella esta canción y no he sido capaz de romper ese sentido tan romántico,yo
no conozco los motivos de Hilario cuando compuso esa canción,solo puedo juzgarla desde lo que me provocó y lo que compartí,
nada más.

Desde luego es evidente lo que despues apuntas:

"Tras establecer que la historia ha acabado lamenta lo que pudo haber sido y
no fue y explica el desamparo en que se ha quedado, la desprotección, en definitiva en la que vive sin la mujer-refugio que
necesita frente a ese mundo que se le presenta hostil..."

Pero, para mi siempre ha sido como quien tiene que separarse por las circunstancias y la distancia le rompe,dejando una esperanza
para el nuevo encuentro:

Ven, María, que quiero
Anidar en tu blanco pecho
Y besar esos ojos que inundan
Mi cuerpo de claridad.


En fin no se si he sabido explicarme,pero me has tocado la fibra.
Mi expresión es puramente sentimental, no experta ni con causa de conocimiento,es simplemente un ejemplo de cómo hay canciones y
cantantes que calan hasta lo más profundo de nuestro ser y forman parte de nuestras vivencias;Hilario quedo anclado en las mias.

Bueno quizás no debería meterme en estos terrenos porque los sentimientos a veces no pueden identificarse con las palabras.


Plomez


Interesante la interpretación que haces de "María", Tienes la Llave. Además, perfectamente plausible, aunque creo que no resulta contradictoria con la que yo le doy, que es distinta. Pero eso es lo que tienen las obras de arte, que permiten numerosas lecturas, no sólo por la propia ambiguedad que pueda tener un texto, sino porque, por esencia, la poesía es un lenguaje ambivalente, en donde la metáfora intenta explicar cosas intangibles que se abran a mil posibilidades de comprensión. Además, claro está, en la comprensión de cualquier obra tiene una parte fundamental el lector, oyente o espectador, que necesariamente aporta a la obra del artista su propia experiencia y sus ideas o sentimientos personales, que son los que dan ese fenómeno único de identificación entre el creador y el receptor (que si lo es de verdad, tambíen crea).

"y sin pensar nada mas partí
hacia un largo viaje sin final
y en aquella entrega me perdí"

Efectivamente, estos versos --que son el nudo de la canción, porque anteriormente está el planteamiento (la soledad y el recuerdo), y acaba con esa conclusión del amor como refugio, sin el cual no se puede vivir-- podrían tener perfectamene un sentido doble.

"y sin pensar nada mas partí
hacia un largo viaje sin final"

¿Expresan estos dos versos el momento de la entrega en la pasión amorosa, el sumergirse en ese momento de valores absolutos que es el amor y su realización? Ciertamente que puden serlo, pero también se abre la posibilidad que yo indicaba, la del comienzo de una relación. El tercer verso puede ser interpretado también en ambos sentidos

"y en aquella entrega me perdí"

Las personas nos "perdemos" en el momento de la entrega amorosa, ciertamente. Ese perdernos implica olvidarnos de todo lo que es ajeno a ese instante, a esa felicidad tan difícil de explicar. Perderse en la culminación del amor es volverse niño, quedarse indefenso, perder todo pudor. En definitiva, olvidarse del mundo. Y este era, como ya sabemos, una constante en la obra y la vida de Hilario.

Claro, que, de acuerdo con mi interpretación (que insisto que no me parece contradictoria), perderse en ese "largo viaje sin final" en el que se ha metido de cabeza, "sin pensar nada", puede ser también desorientarse en la relación, no saber que hacer ni como reaccionar ni hacia dónde ir, y, como consecuencia de ello perder la oportunidad de ser feliz.

En fin, que me parecen sumamente estas discusiones, que, por otro lado demuestran que aún quedarían muchas cosas de Hilario sobre las que hablar, si tuviéramos entusiasmo y fuerzas para ello.

Por ejemplo, a mi se me ocurre otro tema que me parecería interesante. Hilario escribió muchas de sus letras, pero otras se las hicieron (casi siempre con su presencia como inductor del tema o corrector de lo que el autor respectivo iba escribiendo) diferentes personas, con las que en ocasiones repitió. Yo me pregunto ¿hay diferencias notables entre las letras propias y las que le escribieron otros autores? ¿entre estas últimas hay constantes literarias o temáticas según los distintos escritores? ¿Se pueden hacer distinciones según quien haya escrito las letras?
Otro tema sería parecido pero en clave musical ¿como influyeron sobre Hilario los distintos músicos que le acompañaron en distintas etapas?
En fin, que cualquier que quiera ponerse al tema puede hacerlo.
Yo, de momento, con lo de las mujeres tengo suficiente, que a Hilario eso de las mujeres se le daba bien y les escribió un montón de canciones para ver si se las camelaba. No nos enañemos, lo que los artistas pretenden con su arte es ligar. Si además se hacen millonarios, cojonudo, porque eso les ayuda a ligar más. ¿dejaran los artistas por su arte de ser personas que ven "Salsa Rosa?




MUJERES SOÑADAS


En su vida real, cotidiana, el sueño y la fantasía constituían el mundo irreal pero plausible en el que a Hilario le hubiera gustado habitar, el paraíso perdido a veces, la felicidad presentida en muchas ocasiones, la utopía en definitiva, que hacía tolerable con su sola existencia ese otro mundo más sórdido, contradictorio y doloroso de la realidad. Y si eso era así en la faceta más social de su vida y su obra, también lo era en la más personal, la amorosa. Ese deseo de perfección que marca la utopía y el sueño amorosos no podía dejar de quedar reflejado en sus canciones, en las que abundan las referencias a esa mujer ideal, soñada, deseada, que él sabe que no es sino el fruto de su imaginación pero a la que no renuncia a darle carta de naturaleza física, real y tangible a través del deseo.

Hilario se dirige a esa mujer ideal “desde los sueños extraños / que recuerdo y no describo”, dice en “Te escribo” (2004), “desde el mundo en blanco y negro / en el que pienso en que vivo”, un mundo pues de sueños que, como siempre en Hilario no deja de tener esos apuntes descriptivos que enmarcar la acción en un lugar y un momento: “desde mi habitación / sentado en un lecho vacío / te escribo mientas espero / mientras espero te escribo”, para rematar el estribillo contraponiendo ambos ámbitos: “te espero mientras te sueño / mientras te sueño te escribo”. La ambigüedad proverbial de Hilario, su resistencia a las definiciones unívocas y a las lecturas únicas de sus canciones juegan en este tema con la realidad y la ensoñación como modelo amoroso que ya estaba presente en alguna de sus composiciones anteriores: “Tu serás princesa de mi cuento, / compañera de mi vida real” (“Princesa de cera”, 1975).

A veces, como en “Sin decir adiós” (1986), la mujer que se apoderaba de los sueños de Hilario con tal intensidad que merecía pasar a una canción era también el recuerdo añorado de la adolescencia, la remembranza de lo que pudo haber sido y no fue, que es condición, como bien se sabe, de la perfección amorosa, aunque irrealizada. Siempre queda la duda permanente e insoluble de saber si aquel amor inocente y primerizo de “dos niños escondidos, tu y yo en aquel portal” hubiera podido ser el amor total y completo tan difícil de encontrar en los seres de carne y hueso: “Unidos en el sueño/ por la bola de cristal/ nuestros labios se saludan / otra vez en el portal”.

Y puesto a soñar un amor imaginario, esa mujer ideal que siempre espera a la vuelta de cualquier sueño, ¿por qué no imaginar también el decorado en el que se desarrollará el amor, como hace en “Arquitecto de sueños” (1986)?: “Construí una casa azul junto al lago”, comienza diciendo, para que a nadie se le escape que la ilusión es tangible, tiene formas, colores y olores, aunque sea “sobre el papel” donde pinta las “siete ventanas /siete azules ojos/ de cristal/ y dejé después/ la puerta abierta /invitando siempre a entrar”. Pese a haber levantado con palabras ese paisaje ideal, ese jardín del Edén con “claveles, rosas y violetas” en el que “las guitarras daban al lugar / el color alegre de una fiesta”, no ha de ser sino hasta que se duerma “pensando en ella” cuando esa mujer ideal llegue por fin al sueño y se instale en la vida del cantante, aunque solo sea en ese momento de la inconsciencia, el más feliz pese a todo, porque con la mañana llega el desencanto: “Tus palabras eran / como un cascabel / que triste sonaba / cuando desperté”. Sin embargo, siempre con los pies en la tierra, pese a todo, Hilario sabía que hay que conformarse con los sueños, pues aunque intangibles, también formar parte de la realidad, y porque, al fin y a al cabo, “a un sueño ¿qué más / se le puede pedir?”

Hilario, nuestro querido, inocente, amistoso, simpático, reidor y chistoso amigo era también un pájaro de cuenta, y detrás de la cara de adolescente despistado que tuvo la mayor parte de su vida, incluso en sus últimos años, se encontraba un ser ligeramente distinto, capaz de convertir la imagen erótica de una revista en una fuente de placer solitario. Ese es el amor perfecto, el que no provoca contradicciones, ni discusiones ni desamparos, nos viene a decir en la canción que escribió con Carlos Villanueva y que grabó en “Subir, Subir” (1986)


CHICA DE PAPEL

En las revistas
siempre prometes placer,
tu cuerpo irresistible
con mi foto he de atrapar.

Luces perfecta
en la niebla artificial,
mi cámara aturdida
se dispara hacia tu piel.

He olvidado la portada en el sofá,
con mis manos te retrato en realidad.

Chica de papel
hoy no eres un sueño,
el tacto de tu piel
vibra entre mis dedos.

Chica de papel
sales de tu escena
y tu amor me quema

Y quedaté
Un poco más
Cerca de mí
Cerca de mí
Cerca de mí

En tu teatro
sólo fui espectador,
olvido mi butaca
y me subo a la función.

Pruebo tus labios
y me dejo acariciar,
el fuego tan intenso
que nadie lo ha de apagar

Esta foto nunca revelaré,
nuestros cuerpos necesitan ensayar

Chica de papel

LA MAQUINA DE ESCRIBIR

LA MAQUINA DE ESCRIBIR

Cada tecla presionada suponía un esfuerzo. El ruído molestaba a los vecinos si escribía de noche, y todo el edificio acabó sabiendo que yo escribía por el inconfundible sonido del teclado.

El carro, pesado y redondo, se movía de izquierda a derecha constantemente. Cada folio, cuidadosamente guardado en una caja de cartón, se agrupaba aumentando grosor. Las copias, hechas con papel carbón, me dejaban los dedos manchados de un negro rotundo. Las hojas, marca "kores", se aprovechaban una y otra vez hasta que no servían para nada. Acostumbraba a guardar esos papeles grabados, letra sobre letra, algo similar al pentimento del pintor. En ellos estaban todos los poemas, todas las historias y todos los secretos.

Tuve una Remington, más tarde una Underwood. Negras, pesadas, elegantes y personales. Le regalé la Remington a mi amigo Jordi Mata, no hace mucho. Supo limpiarla cuidadosamente con petróleo y convertirla en un fetiche para los restos.

Las palabras tenían sonido, un morse particular. Yo conocía la música y los compases rotundos de la palabra "amor", "te quiero", "muerte"...Lo recuerdo, como a las cuartillas  y los ornamentos religiosos. Necesarios, hermosos, y para recordar.

anorexia, el mal de las princesas?


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mal de las princesas?


La doble moral no tiene freno. Nos bombardean los medios de comunicación y la publicidad con todo tipo de productos para adelgazar. Llega el verano y aparece la silueta de una mujer pegada a una cinta métrica, en bikini, blanca y delgada, con la promesa de perder cinco kilos en quince días.Todo está preparado para que las gordas adelgacen. Sin embargo, si se está demasiado delgada, te tachan de anoréxica sin más. Y eso es un escándalo, en cualquier caso>? Padecer un trantorno alimenticio es un escándalo? Es el mal de las princesas? ...Cuándo le decimos a un gordo "estás como un cerdo, das asco"?
sin embargo, a una mujer delgada se le dice con una facilidad alarmante: "Estás esquelética, das pena, pareces anoréxica, solo se te ven huesos"...no es una falta de respeto y un agravio a la sensibilidad? por qué? por qué se dice, sin más, cuando al parecer media humanidad quiere adelgazar?
Está enferma la pricesa Letizia? pues seguramente no. Puede que su constitución sea esa, delgada, y que queme todo lo que come por nerviosismo y ansiedad, pero eso no la convierte en una enferma.
La anorexia es una etiqueta que se aplica en cuanto la calvícula sobresale, la cara se afila y se tienen las piernas finas. Se puede estar delgada, delgadísima, incluso flaca, sin estar enferma.Pero es sorprendente con qué facilidad te cuelgan la enfermedad de marras.
Teniendo en cuenta que se trata del único transtorno psíquico que puede llevar a la muerte por inanición, parece que el hecho despierta un morbo extraordinario.
Por qué es anoréxica? tendrá la regla o ya se le habrá retirado? su marido la quiere todavía o ya le pone los cuernos con una tía maciza? se acostará con ese saco de huesos?
Lo ponen todo muy fácil para que la gordita pierda peso, pero terriblemente complicado a las verdaderas anoréxicas, condenadas a muerte por el desprecio, la compasión judeocristiana, el cotilleo patético de muchos y sobre todo, la soledad más absoluta que se puede experimentar.
No sólo es el mal de algunas princesas, es el mal de cualquiera, de las que son ellas mismas y no son nadie. Y más, cuando realmente ni siquiera están enfermas.



Escándalo en España por posible anorexia de la princesa Letizia


| Hora de publicación: 03:56
 

 
Después de que un reportaje del diario español El Mundo insinuara la posibilidad de que la princesa de Asturias, Letizia Ortiz, padece “el mal de las princesas”, la anorexia, el jefe de Relaciones con los Medios de la Casa Real ha negado tajantemente que sufra de esta enfermedad.
El desmentido hace referencia a dos artículos publicados por el diario en los que se cita la “extrema delgadez” de Ortiz, que tiene un talle “dos centímetros menor al de una modelo”.
Y aunque la Casa Real no acostumbra a confirmar ni desmentir rumores, ahora sí lo realizó, después de que la prensa española diera seguimiento a lo expresado por la prensa francesa e inglesa, que resaltan que Letizia tiene “rasgos faciales marcados, brazos filiformes y silueta delgada”.
Así, la prensa está pendiente de que Ortiz no sufra el mal que ha aquejado a Diana de Gales, Masako de Japón o Victoria de Suecia. Tres casos confirmados oficialmente como anorexia y depresión
La revista francesa Paris Match, por ejemplo, publicó un reportaje en el que también se preguntaban si Letizia sufría “el mal de las princesas”. Por su parte el departamento de prensa de la realieza asevera que “los autores de los artículos se basan en reportajes de la prensa extranjera que en ningún momento contrastaron su información con la Casa Real”.
Argumentos. A pesar de que la constitución física de la princesa está por debajo en dos puntos de la talla media española (su cintura mide 63 centímetros y la cadera 88, dos centímetros menos que las medidas estándar de las modelos de pasarela). La realeza afirma que Letizia “está delgadísima porque su constitución genética es así. Ella y los suyos afirman que come muchísimo pero todo lo quema debido a su carácter hiperactivo.”
Pero en el reportaje se afirma que aunque sus modistos oficiales sostienen que utiliza una talla 38, otras marcas que han preferido mantener el anonimato, aseguran que la talla solicitada por Letizia ha sido la 36 e incluso, la 34.
Asevera asimismo que una de las posibles causas de la delgadez sea el protocolo. “Ante los largos besamanos de pie, con tacones de más de 10 centímetros, en postura erguida con hombros hacia atrás y barbilla en perfecto ángulo recto con el cuello, Letizia ha aprendido a apoyar el peso del cuerpo en los glúteos, que es uno de los trucos de supervivencia que se enseña en el cursillo de formación para las nuevas princesas”, lo que podría acentuar los omoplatos por la inexistencia de masa muscular.
Mientras tanto, en las calles de España, afirma el reportaje, el tema de moda es la extrema delgadez de la princesa y sus posibles consecuencias.

ORGASMO

 

Electrica mujer, electrica

Corriente

Temperatura normal, temperatura

Ambiente

Termómetro rectal, pubis del bosque

Clítoris igualado, cabalgadora urgencia

Caballo desbocado, jinetera

Hembra sin calendario

Ogino, todos

Sus calculos.

Salvaje, puta, madre, directora

Geografia util en el ultimo rio

Mala, zorra, vertiente

Lo que calla es el tiempo

La soberbia se agota

Muelle de la victoria, músculo

Turbio , nota

Del clavicordio, clavicula

Calvario

Se revuelve la cruz aprisionando

Ese cuello de virgen profanada

Dios, dios, repite entre la fiebre

Dios, altisimo, pobre, latigazo

Presente.

¿Quién es la actriz de teatro?



eduardo haro ibars

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BIOGRAFÍA

Los pasos y patadas de Eduardo Haro Ibars

Por Encarna Jiménez

Los pasos del ángel caído, de J. Benito Fernández
La biografía de Eduardo Haro Ibars, muerto en 1988, es el segundo libro que el periodista J. Benito Fernández, adscrito a los informativos de TVE, dedica a un personaje de complicadas relaciones con el mundo y con él mismo. En “Los contornos del abismo” llevó a cabo una investigación meticulosa para reconstruir la biografía de Leopoldo María Panero, dando claves para introducirnos en los ambientes por los que se ha movido el escritor. De aquella investigación surge este “Eduardo Haro Ibars. Los pasos del caído” que fue finalista del XXXIII Premio Anagrama de Ensayo.
Eduardo Haro coincidió en la cárcel de Zamora con Leopoldo María Panero y tuvieron una relación contradictoria en la que el seducido fue Leopoldo. Quizá esa conexión y ciertos paralelismos vitales fueron las razones que llevaron a Benito Fernández a aprovechar parte del material que ya tenía y ofrecer una nueva biografía sobre un maldito de familia conocida.
 
Aunque “Los pasos del caído” le ha salido menos redondo que “Los contornos del abismo”, tiene el libro la virtud de establecer conexiones, dar pistas sobre círculos del mundo de la cultura y el espectáculo en España y sobre el entorno familiar que resultan ilustrativos. En la investigación ha contado con la ayuda de la madre de Eduardo Haro Ibars, Pilar Yvars, y de muchos amigos y conocidos de Eduardo, pero el padre, Eduardo Haro Tecglen, con cuya figura se peleó casi durante toda su vida el primogénito, no ha querido participar en esta reconstrucción biográfica.
 
Benito no hace biografías cotillas, ni tampoco crea mitos, ya que el lado oscuro se manifiesta, pero sí concede importancia a un tipo de persona que, viniendo de familias instaladas y con poder, tanto en el franquismo como en la democracia, se declaran enemigos de lo establecido y de ellos mismos. Hay dos fotos ilustrativas en el libro en el que el pie dice: “Todos muertos”. El coqueteo con las drogas y el alcoholismo ha acabado con muchos de los protagonistas de la contracultura de los años 70 al 90. No es menos significativa la genealogía de algunos de los protagonistas que aparecen en la biografía, algunos nobles, otros hijos de abogados de renombre o de periodistas instalados.
 
La primera parte del libro, con un minucioso retrato del Tánger de los años 60 nos da más pistas sobre la familia y su círculo de amistades literarias, la iniciación a las drogas del joven y la construcción de un Eduardo bisexual y excesivo. Sin embargo, quizá tenga más interés la segunda parte del libro, cuando Eduardo Haro Ibars intenta insertarse en una “vida laboral” difícil de compatibilizar con su “modus vivendi”, a finales de los 70 y durante los 80, cuando ya se ha situado en un punto de no retorno con las drogas y el alcohol. En este periodo le ayudan sobremanera amigos que le perdonan casi todo o que tienen cierta debilidad y cariño por él como Mariano Antolín Rato, Luís Antonio de Villena durante un tiempo, Gabriel Albiac, Fernando Sánchez Dragó o Francisco Nieva. Así como novios y novias que comparten buenos y malos ratos.
 

Eduardo Haro Ibars fue poeta, traductor de dudosa eficacia, letrista con la Orquesta Mondragón, periodista y “semiexperto en música y movimientos culturales. Su perfil no es el de un escritor ni tampoco un ideólogo. Más bien un personaje contradictorio y un ejemplo de ciertos comportamientos que cristalizaron en la época de la “movida madrileña”. Un periodo en el que Eduardo Haro se manifiesta en su lado constructivo y destructivo, con aristas siniestras y facetas seductoras. J. Benito Fernández ofrece testimonios de los que le trataron y, con premeditado cálculo, describe momentos que a más de uno que todavía vive para contarlo pueden parecerle comprometedores. No es una biografía complaciente aunque si resulte algo hinchada, quizá por estar menos trabajada que la de Panero. En todo caso, es un testimonio de una época tan excitante como poco sensata en la que muchos de sus protagonistas se muestran ya incapaces para ser dueños de sí mismos y, finalmente, acaban muriendo triturados por los fantasmas y las estrategias fatales para librarse de ellos.   

J. Benito Fernández, Eduardo Haro Ibars. Los pasos del caído. Barcelona, Anagrama, 2005, 412 páginas.

eduardo haro teclen


Documentos

Eduardo Haro Tecglen,
el Proteo de la intelectualidad española

Se presentan una serie de documentos acerca de las variaciones ideológicas de Eduardo Haro Tecglen, desde su papel de redactor del diario franquista Informaciones hasta el de columnista del socialdemócrata El País, a propósito de una polémica reciente habida con la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre

Eduardo Haro Tecglen (1924) Eduardo Haro Tecglen (Madrid 1924), conocido hoy sobre todo por sus periódicas columnas en el diario El País, publicó el 23 de marzo de 2005 un artículo su sección habitual en el que atacaba a la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre, a raíz del cese de un médico del Hospital Severo Ochoa de Leganés, acusado de provocar la muerte a varios pacientes por mala praxis en la gestión de enfermos terminales. Debido al contraste habido entre el trato al médico español y a los que han desconectado a la estadounidense Terry Schiavo, Tecglen se despachó a gusto descalificando a la presidenta autonómica como «cristianofascista». Este insulto motivó, al día siguiente, una carta de réplica en la que la presidenta madrileña desmiente las acusaciones del columnista de El País, al tiempo que vuelve la acusación contra él, señalándole por haber sido partidario de los totalitarismos más salvajes del siglo XX: «en su juventud fue falangista y estuvo a favor del fascismo y del franquismo, y en su larga madurez fue defensor del estalinismo y del comunismo», señala Aguirre en su carta remitida al periódico El País. Un día después el aludido replicó en una breve Carta al Director del mismo periódico señalando que las acusaciones realizadas por Aguirre son todas falsas, para culminar el 29 de Marzo con un artículo en el que quita hierro a su acusación contra Aguirre y a su supuesto fascismo de juventud, excusándose en que fue obligado por los «fascistas» a escribir a favor del franquismo, cuyos herederos serían los que se le atacan en la actualidad (en clara alusión a Esperanza Aguirre). Debido a que varias de las referencias implícitas sobre el supuesto fascismo o estalinismo de Haro Tecglen son desconocidas para el gran público, incluimos una recopilación de textos sobre esta polémica ordenados cronológicamente, entre los que incluimos un texto de Haro Tecglen, publicado en el diario franquista Informaciones, donde loa la figura de Francisco Franco, así como otro del suplemento «Babelia» de El País, donde hace lo propio con el líder comunista José Stalin, así como algunos comentarios en la prensa española sobre esta fugaz pero sin duda muy reveladora polémica.

Eduardo Haro Tecglen

Dies Irae

Informaciones, Madrid, 20 de noviembre de 1944

La voz de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de fama de la corona fúnebre, la piedra gris del Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo gigantesco coronado por el águila de Imperio que se eleva en la Basílica, lloran en esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánimo, la muerte del Capitán de España.

Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el velo gris de la lluvia y la niebla, y cae sobre la ciudad –lacrima coeli–  una llovizna fina y gris.

El instituto, el subconsciente, nos ha repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida, de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección Femenina... La doctrina del Fundador vive en ellos como en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está muerto bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida en la de todos los camaradas de la Falange.

Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo.

Y así, en este día de dolor –Dies Irae– a las once –once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de vuelo de su presencia–, la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado a la Basílica, y, entre la doble fila de seminaristas –cirios encendidos en sus manos– ha pasado al Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha sido depositada sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras el coro entonaba el Christus Vinci y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe muerto, a nosotros nos parecía oír la clara palabra de José Antonio elevarse de allí donde el mármol vela su cuerpo.

Una alegría tenemos; la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó.

hemingway

Revelaron el mayor secreto de Hemingway

En sus cartas admite que mató a 122 prisioneros alemanes

 

 

Por Paolo Valentino
Del Corriere della Sera

Traducción: Mirta Rosenberg

 

BERLIN.– Si se piensa bien, Günther Grass la sacó barata. Si en abril de 1945, cuando fue hecho prisionero por el ejército norteamericano, el entonces jovencísimo Waffen SS se hubiera topado con Ernest Hemingway, probablemente hubiera tenido el desdichado fin de tantos de sus compañeros de armas.

¿Cuántos fueron esos tantos? Exactamente, 122, al menos según el cálculo (real o imaginario) del escritor estadounidense. Todos eran prisioneros de guerra alemanes, desarmados: Krauts, como los llamaba con desprecio Hemingway. El autor de Adiós a las armas los mató –según dice, con gran gusto– durante el año que acompañó a las tropas aliadas como corresponsal de guerra.

¿Otra más de las tantas fanfarronerías de Hemingway? ¿Otra exageración de un hombre larger than life (más grande que la vida), tan apasionado de la caza mayor como de las corridas de toros, loco por las armas y el boxeo, consumidor insaciable de mujeres, alcohol y cigarrillos? Puede ser. Y Rainer Schmitz tampoco excluye esa posibilidad. Pero el periodista alemán ha querido llamar la atención sobre fragmentos de ciertas cartas del escritor, dos de ellas hasta ahora inéditas en Alemania.

Acaba de publicar con el sello Eichborn su libro ¿Qué le ocurrió a la calavera de Schiller? Todo aquello que usted no sabía sobre literatura, una recopilación excelente y bien documentada de episodios, anécdotas y curiosidades poco conocidas o completamente desconocidas sobre escritores célebres.

Inmediatamente después del desembarco de Normandía, en junio de 1944, Ernest Hemingway se unió al regimiento 22 de la IV División de infantería estadounidense con el grado de oficial. En realidad, no debía contar la gesta de los aliados; en aquel período de hecho ya trabajaba para la OSS , el servicio de inteligencia que antecedió a la CIA.

El trato a los prisioneros

Gracias a su perfecto dominio del francés, el escritor fue gobernador de facto de Rambouillet, a las puertas de París, donde tranquilizó a la población y sobre todo interrogó a centenares de prisioneros alemanes. "Todo muy agradable y divertido", le escribió en el otoño de 1944 a Mary Welsh, que se había convertido ya en su cuarta y última esposa. "Muchos muertos, botín alemán, tantos tiroteos y toda clase de combates", relató.

La carta incriminatoria, que según Schmit no recibió la atención que hubiera merecido, es la que Hemingway escribió el 27 de agosto de 1949, cuatro años después de la finalización de la guerra, a su editor, Charles Scribner.

"Una vez maté a un kraut de los SS particularmente descarado. Cuando le advertí que lo mataría si no abandonaba sus propósitos de fuga, el tipo me respondió: Tú no me matarás. Porque tienes miedo de hacerlo y porque perteneces a una raza de bastardos degenerados. Y además, sería una violación de la Convención de Ginebra. Te equivocas, hermano, le dije. Y disparé tres veces, apuntando a su estómago. Cuando cayó, le disparé a la cabeza. El cerebro le salió por la boca o por la nariz, creo", relató el escritor.

Menos de un año después, el 2 de junio de 1950, el autor de Por quién doblan las campanas volvió a evocar su experiencia bélica en una carta a Arthur Mizener, profesor de literatura de la Universidad de Cornell. Allí hace un macabro balance de su pasión homicida: "He hecho el cálculo con mucho cuidado y puedo decir con precisión que he matado a 122".

Uno de esos alemanes, prosigue diciendo Hemingway, era "un joven soldado que intentaba huir en bicicleta y que tenía más o menos la edad de mi hijo Patrick". Patrick había nacido en 1928, de modo que la víctima debía tener 16 o 17 años. El escritor le cuenta a Mizener que le "disparó a la espalda con un M1". La bala, de calibre 30, le dio en el hígado.

Esta carta no había sido publicada hasta ahora en Alemania. Sin embargo, no existe ningún testimonio que confirme la admisión de Hemingway. Además, tal como aclara Schmitz, "en sus cartas el premio Nobel siempre tendía a la exageración, a alimentar el mito de su machismo".

Pero hasta sus admiradores aceptan que durante la Segunda Guerra Mundial probablemente haya violado las disposiciones de la Convención de Ginebra. Schmitz, por su parte, señala que hasta ahora nadie ha indagado con seriedad en los archivos bélicos para arrojar luz sobre este aspecto importante de la vida de unos de los grandes de la literatura mundial de nuestro tiempo.

El ejercicio de matar

Hay algunos indicios de la fascinación que el acto de matar ejercía sobre Hemingway, que ganó el premio Nobel de Literatura en 1954. "Me gusta disparar con un fusil, me gusta matar y África es el lugar donde puedo hacerlo", le escribió en la primavera de 1933 a Janet Flanner.

Seguramente hablaba de los animales que había abatido durante el safari de dos meses que había hecho ese mismo año, que más tarde inmortalizó en Las verdes colinas de Africa .

Pero más de uno recordará el principio de un artículo firmado por Ernest Hemingway que fue publicado en Esquire en abril de 1936: "Sin duda ninguna cacería es comparable con la cacería del hombre, y quien ha cazado hombres armados durante mucho tiempo y con placer, después ya no siente interés en otra caza".