feliz cumpleaños, Lissy ¡¡¡


ES UN PLATO QUE SE COME FRÍO
Habrá que procurar un techo a las arañas antes de navidad
Que no teja tu caspa puntillas a golpe de bollillo
No me gusta tu tiempo. Es inútil tu olor.
Extiende las ventanas y que la vida entre
Reparte las legañas a la hormiga mayor
Tírate al agua y rueda arena abajo
Allí estarás perdido. El miedo te hablará sin respirar
Mojado, reducido, pareces una rata implorando el bautismo
Adulto envenenado sin un solo bolsillo
Desnudo, manos pálidas, ridículo
Jadeando hacia arriba como otro animal
Sin dormir, sin saber. A título de estiércol
Te maldije hace mucho. Y ahora
Este paisaje tuyo que satisface tanto, escribe
Una sola palabra, magnífica, grandiosa
Definitiva al peso insensible de un murciélago
Sucia, negra, cargante. Como lo que tú has sido.
Está escrita en la sed de tu garganta
Te miran los hurones, las serpientes de agua
Y el hada de los sueños se coloca ante ti
Para gritar : Venganza.
Vendaval a cubierto que inventaba mi padre sin saber del misterio
Cuatro sillas unidas en el final del tiempo. El dibujo perdido de la alfombra
Final sentimental que jamás dio sentido a tantas fotos. Album
Que no se sabe. La maceta sin flor no sobrevive. Nosotros somos poco
Sobre un largo apellido en su olvidado honor. Nobles
Qué pena , qué claridad de bosque y desperdicio. Galgos y cacerías
Todas las tardes, todas. Un reloj de campana solemne y caprichosa
Los nombres y su casa, la dirección concreta que se pierde. Somos ricos
Y pobres herederos del polvo. De lo antiguo y lo viejo, de las cajas
Absurdas. Del viento de abanicos mezclados con navajas. Un gitano y un rey
Dos barajas de cartas. Ese ruído traidor de la venganza. Trampas.
Medallas sin valor , raso arrugado, inútil. Sacar brillo a la plata, conservar
Disecado el lagarto de aquel día de invierno. Tendido al sol un trapo.
Se adivina mañana como un día muy largo. La radio está encendida
Al calor de los cuartos . Apaga la luz, dijiste, ya es muy tarde.
Soñaba con el color del metileno, sabes. Soñaba con ser tú y con la luz
De un descarado sol al mediodía. Ya tengo pasaporte. Me voy, deja
Que busque otro lugar vacío donde poner el resto. Tira el baúl ,
Vuelve a la siesta tonta que recuerdo a lo lejos. Me despierto mojada
Habrá sido la lluvia de ventanas cerradas. Tal vez he sido yo.
No me hagas mucho caso. Todo pasa.
Y no fueron felices, colorín colorado, mentirosa. Te sabías los cuentos
A cambio de un pedazo de pastel o de perfume, de una barra de labios
Su teléfono estaba escondido con todos los secretos. El período, regla
De almanaque gastado que no quiere los días ni los viajes muy largos
La adolescencia es un billete de metro revisado. Monedas y propinas
Susurros en la oreja. Un relicario, un sello, media canción. Actores
Imposibles, tú y yo, ahora no puedo. Te llamaré más tarde.
Fumar en los lavabos, borrar los besos, morir y desearlo. No me dejan
No puedo. Son las nueve, es muy tarde. Yo te llamo. Un cuaderno
De nombres, chinescas sombras, amigas para siempre, no me olvides.
La corteza de un árbol y un corazón escrito en el invierno. Salida
Acampada, guitarra, sueño roto. Tu nombre la pared, mi nombre
En los lavabos. Yo te llamo. Una playa recuerdo, un pájaro y tu jaula
Tres colegios. La marca que florece iniciando tu pecho. Los pelos
Ordinarios, nosotras. Una nota prendida en el ojal del miedo
Me quiere, no me quiere, yo le quiero. No sabe que me muero
Su colilla que huele al sabor de su dedo. Corre mientras te llaman
Sigue mintiendo. Novillos, jaque mate, dieciséis, diez y siete
Cuadros, flequillo. Breve mantilla negra. Miércoles y Domingo.
Entre mi falda crece la posibilidad. No viene. Dijo a las tres.
No viene. Mariposas, membrillo, pan con nueces. Un vaso de agonía
Esa angustia creciente. Cuéntamelo, qué ha dicho. Una marca
En la arena del verano perdido. No le volveré a ver. Su inicial
En todas partes marca los asuntos. Castigo. El primer bar. Fin de curso.
Función, cantor, medida, todos los pianos tiemblan. La cuchilla
De afeitar sobre mis cejas. Poblados y desiertos, agujero
En la oreja. Sangre por dentro y fuera. Llámame.
No te olvidaré nunca. Tengo frío. Sucede. Un roce sin destino.
Francés, problema, canto. Adán y Eva. No sé vivir sin ti.
La perdiz es amarga. Es cierto. Lo decías, verdad, tú
Lo has escrito : “Todas mueren a los quince”. Y nos morimos.
Analizo mi escote y busco por si alguien, dentro
Del cuarto oscuro piensa en recluír de nuevo
A las niñas malvadas por sus torpes embustes
A los perros
Al cuaderno borroso de tu caligrafía
Cien veces : No lo volveré a hacer. De nuevo
Las piedras son divinas sobre cada tropiezo
No me gustan los ángeles. No existen.
No rezo a dios alguno ni siento ese respeto
Sobre la nuca joven de un hombre que me mira
Devuelvo la intención, sigo y pregunto
Su nombre.
Algunas veces cae como granizo, inmenso
Otras paso de largo y un tren cercano silba
Medio siglo se acerca y no temo la cifra
Será porque me gusta insistir
Y estoy viva.
La grandeza del ébano era tu longitud, todo tu menester
Cuerpo contra la lluvia y la raíz del junco
Piso, cabaña, casa, ocupa de ti mismo
Señor de los intentos orador por el resto
Un libro, las promesas, una morada errante
Puerto, país, dibujo, notas en el cuaderno
Dame la mano, rompe
La cuerda que presiona tanto pulso
Sigue, que me perdonen
Duerme allí donde el sol se hace benévolo
Allí donde las flores
El zumo y la naranja, los trozos de pan
Seco.
Continúa, no es tarde
Una mujer de nácar te contempla
Tus manos y la fuerza
La lluvia entre los brazos.
Hace mucho de eso, demasiado
Nadie hablaría ahora del pasado
En tu cara el hogar, en el salón
Mulatos
Juegan al dominó, a las damas, al ajedrez
De tantos
Hacen honor al pié como ningún zapato
Tú llegas, sonriente, del trabajo
Y abrazas como nadie
Has cerrado los ojos para pensar de nuevo
Una y mil veces gracias
Por el calor, los cuadros, la cerveza
Salud, amor, intento
Corage e inisitencia. Gracias
Por esta vida entera, te repites. Ya nadie
Podría deducir o imaginar siquiera
Desde tu piel de noble cultivado , la palabra
Patera.

Los Reyes visitan al ex presidente Adolfo Suárez en su domicilio particular para entregarle el Toisón de Oro
La compulsión de escribir, a la hora que sea, con el ánimo que sea. Ni una noche sin página. Ley. Oficio de escriba que no llega a escritor. Una más en una retahíla de noches sin sueño que si se pusieran juntas parecería que la humanidad no ha dormido nunca. Carpe Noctem. Recuerdos que surgen del descuido de desconcertadas sinapsis del cerebro. Pongamos por ejemplo: las pulgas de playa asomando de sus pequeños agujeros en la arena y haciendo cosquillas en los pies.
No me interesa en absoluto ver a nadie. No quiero recordar nombres ni personas. Deseo extraviarme por las pretendidas callejuelas del cementerio de Berria y contemplar los insectos sin prestar atención a las inscripciones de las lápidas donde antes jugaba al escondite con mi hermana sin preocupación ni respeto. Tenía la décima parte de años que ahora y no sentía culpa. Ellas me conocen desde siempre y yo conocí en vida a la mayoría de sus inquilinos. Me conformo con observar las plantitas de hoja gruesa que caen hacia el mar como modestos Jardines Colgantes de Babilonia, con la agresividad que da el ser y sentirse insignificante, midiéndose de tú a tú con la marea y el nordeste. No he venido a ver a nadie. He vuelto solo y solamente a sentir las cosquillas en los pies. A sentir.
Han pasado un buen de años y gentes, pero las pulgas perseveran sin que nadie pueda afirmar a ciencia cierta que no son exactamente las mismas que brincaban de niño ante mis pies. Es más que probable que aunque todas me parezcan idénticas, las pulgas viejas recuerden mi nombre o mi olor y se lo digan a las nuevas: Mirad quién ha venido. Lo sabíamos, sabíamos que algún día iba a regresar. Y que salten más despacio y menos lejos, pero con gran alegría. Ha vuelto, os lo dije, ha vuelto.
Esa suma de múltiples pequeñas alegrías debería ser suficiente para hacer una más grande, con aspecto de alegría humana o, cuando menos, de sonrisa sincera y no condescendiente ni forzada. Pero no. Para el universo diminuto de las pulgas soy grande. Pero para el mundo soy una pulga de playa de corteza transparente y apariencia desagradable. Un regresado.
Tal vez este lugar me odia porque le conozco muchos secretos. Sus olores viejos a salmuera, los nombres verdaderos de las calles que cambiaron de nombre y el lugar exacto en que deberían estar las cosas: el submarino, el secadero de redes, la fábrica de hielo. He venido a poner las cosas en su sitio y no me dejan. No es que me lo prohíba el Ayuntamiento. Es que las cosas no quieren volver a donde estaban.
Vamos a llamarla Alma. Tiene otro nombre, por supuesto, que encaja perfectamente con sus interminables ojos azules. Alma es más como de chica pálida, pero por motivos obvios de confidencialidad y porque ya tiene tres hijos grandes y porque si nos viéramos se nos partiría otra vez el alma, llamémosla Alma. Sólo por esta noche. Aunque ella y yo sabemos lo mismo que los del Ayuntamiento: que aunque yo haya regresado y crea seguir siendo el mismo, las cosas han cambiado drásticamente. Sólo el nombre de este lugar –milagrosamente- sigue siendo el de antes. El de toda mi vida.
La vieja fábrica de hielo con su inconfundible tufo a amoníaco y la estridencia de los bloques azules transparentes cayendo al suelo y siendo arrastrados hasta la camioneta de reparto, que expele un humo azul que apesta a diesel mal quemado, se mezcla con el aroma penetrante a salazón de la conservera de los Albo y con el sudor de las mujeres que filetean con maestría la anchoa que llegó hoy mismo a la Venta parida por la panza de una bonitera que vino con mucha mar y riesgo de Terranova y reencuentra a la lágrima del partir con la del regreso, la saliva del beso apresurado con la del desesperado, el olor a cuerpo joven de casi mujer haciéndose hembra auténtica en mis manos, el aroma de Alma y del alma entregada a las caricias adolescentes cuidadosamente ocultas en esa esquina del puerto en la que me encuentro en este momento mientras llueve esta llovizna fina y persistente sobre el alma.
Erick Strand
Veronique vivía en un piso de la parte alta, aparentemente una buena zona. Todo en ella era aparente. Todo. El ático , atiborrado de muebles viejos, que no antiguos, con pretensiones de algo que fue pero que no le perteneció a ella, seguramente heredado de su madre. Espejos de grandes dimensiones con marcos dorados donde ya no se reflejaba nadie, porque estaban ahumados, como si hubieran pasado por un incendio. Sofás cubiertos de telas raídas que ocultaban una tapicería azul, cortinas de flores en colores pastel, como lo que ella pretendía ser, un gran pastel de frutas fuera de temporada, exageradamente dulzón, reconstruído tras las huellas de los dedos de media docena de niños. Si existieran las tartas de segunda mano, por imposible que parezca, Veronique las compraría para ofrecerlas a sus “amigos” en una de las reuniones que ella acostumbraba a llamar “petit comité”, donde una pierna de cordero asada quedaba en el suelo por falta de mesa, y una botella de licor de guindas acompañaba al plato más absurdo. Veronique era absurda, egoísta, quiero y no puedo, presumida, altanera, traductora y francesa. Esto último lo recordaba siempre: “Soy francesa”, una y otra vez, viniera o no a cuento.
Su edad era un misterio y era a la vez su drama. Nunca decía la verdad, y celebraba los cumpleaños sin revelar jamás cuántos cumplía. Tenía pánico a envejecer y a pesar de su paso por el quirófano seguía pareciendo vieja, patética por los liftings, que ya no servían de nada, puesto que la piel parecía papel de fumar a punto de reventar. La última operación, en la que se puso el pecho tieso, la dejó como una momia ridícula: Unos senos de chica de veinte años pegados en el cuerpo de una anciana. Todo en ella era falso, de plástico, artificial, de mentira. Se arreglaba por fuera pero su interior no tenía remedio. Pactaba con su cirujano plástico el pago a plazos de cada intervención, y siempre estaba soltando dinero, pequeñas cantidades mensuales por la última operación, mientras preparaba la siguiente. Cara, cuello, pechos, culo, brazos, liposucciones, manos …si se hubiera quemado a lo bonzo le saldría más barato.
Su “Centro Internacional de Traducciones Europeas” era una habitación de veinte metros cuadrados situada al lado de su habitación, en el ático, donde vivían dos gatos siameses de más de doce años cada uno y con cataratas. Los gatos “Titi” y “Mimi”, estaban siempre sentados en el sillón de Veronique, a derecha e izquierda, durmiendo plácidamente. Bajo la mesa, una urna con las cenizas de su madre. La imagen de la traductora con los dos gatos y las cenizas de la difunta mientras gritaba por teléfono a alguno de “sus traductores”, era digna de la España profunda ó del París de su Francia, según se mire. Porque Veronique acostumbraba a no pagar a los traductores. Se embolsaba la pasta de los clientes y al mínimo error no pagaba. Su paso por los Juzgados por denuncias de reclamación de cantidad estaban a la orden del día. Buscaba testigos falsos y abogados siempre distintos porque terminaban hasta las narices de ella puesto que racaneaba honorarios. Veronique lo racaneaba todo excepto sus operaciones.
Su casa era un nido de polvo, de pelos de gato y de grandes armarios donde se amontonaba su ilimitado guardarropa. También la ropa la compraba a plazos en la boutique de al lado. Vestida de Armani, con las uñas sucias y apestando a perfumes franceses que se mezclaban con aroma felino. Veronique era una gata de uñas negras.
Acostumbraba a tener servicio, pero nunca fijo. Sobre todo para el planchado. La plancha era casi un ritual para ella, y entonces se organizaba todo un espectáculo de calor y vapores mezclado con legañas de gato, ácaros, zapatos con olor a pies, pestazo a coliflor hervida y carne picada, que comía tanto ella como los dos siameses.
“Yo soy una dama”, acostumbraba a repetir mientras maldecía ó escupía a su último amante. Porque Veronique coleccionaba hombres muy determinados. Guapos, más jóvenes que ella, extranjeros y pobres. Los seleccionaba, se los llevaba a su casa y en menos de dos años todos la dejaban, por pobres que fueran. Vivir con Veronique era para darse a la droga dura, aunque ella no soportaba las drogas. No tenía problema con el alcohol, incluso se emborrachaba de vez en cuando, y su concepto de “drogas” no incluía el vino ni la ginebra.
Su último amante, Max, un tiarrón americano que había combatido en Vietnam, era alcohólico. Aprendió a hacer ensalada de flores en la isla de Wang, cosa de la que presumía Veronique en su “petit comité”.
Su forma de atrapar a los hombres siempre era la misma: Se los llevaba a casa, les daba trabajo como traductores, montadores o pintores, ella se quedaba con todo el dinero y no les daba ni para tabaco. Max traducía del inglés y era muy rápido y hábil en las simultáneas. Alto, corpulento, de ojos azules. Un hippie redomado que no encajaba en la vida de la dama traductora. Se pasaba el día encerrado en la habitación de la entrada con el ordenador, entrando en páginas porno y llamando a teléfonos eróticos.
Veronique insistía en “domesticarlo”. Le compró trajes y corbatas. Se lo llevaba a congresos y convenciones. Durante la clausura de un seminario y a la hora de la comida, rodeados de médicos e ingenieros, sirvieron un solomillo. Max no lo pensó dos veces, le pidió ket.chup al camarero , abrió el panecillo por la mitad y puso el solomillo. Los comensales le miraban muertos de risa. Veronique se quería morir. “Yo soy una dama”, repetía. De vuelta a casa, gritaba como una bruja y le insultaba: “Borracho, desgraciado, yo que te recogí de la puta calle, cómo te atreves a ponerme en ridículo de esa manera”.
-La ridícula eres tú, Veronique, vieja chiflada, no me faltes al respeto –respondía él-.
Ella pasaba del grito histérico al aullido de loca : “ ohhhhhh, mis gatitos, Titiiiiii, Mimiiiiiiiiiiiiiiii ….”. Max la miraba con cara de espanto y se encerraba en el zulo de la entrada mientras encendía el ordenador.
Veronique seguía gritando por los pasillos, continuaba insultándole: “Borracho, el día menos pensado te echo de aquí y veremos lo que haces, no tienes donde caerte muerto”.
Max se ponía los cascos para escuchar a Sinatra y ella seguía gritando y repitiendo: “Soy una dama”.
El bueno de Max terminaba dormido en el suelo, sí, en el suelo, cualquier cosa antes que dormir con ella. Nunca tenía dinero encima, Veronique se quedaba con todo. Estaba harto, muy harto. Prefería dormir en la calle antes que soportarla durante más tiempo. Primero pensó en cargarse a los dos gatos, pero los animalitos no tenían la culpa. Nunca le había levantando la mano a una mujer, pero con Veronique estaba llegando al límite. Ella le escupía, le daba patadas, le golpeaba la espalda. Max no podía soportarla más.
Al día siguiente tenía que hacer la traducción simultánea en un congreso político. Veronique estaría allí, sin dar golpe, como siempre, y se quedaría con todo el dinero.
“Yo soy una dama”, repetía Max hacia sus adentros. “Pues voy a terminar con la dama, decidió, yo me iré a dormir a la calle, pero termino con la dama, vaya si termino”.
La sala amarilla del hotel Ritz estaba llena. Políticos, periodistas y traductores, se disponían a inaugurar el congreso. Los camareros, perfectamente alineados, esperaban la señal para empezar a servir el catering. El maestro de ceremonias hizo una pequeña introducción dando lugar al inicio de las traducciones simultáneas.
Max empezó a traducir, o mejor dicho, a hablar : “Buenos días, el congreso me importa un carajo, he venido aquí para que todo cristo se entere de quien es doña Veronique, la vieja traductora del Centro Internacional de Traducciones Europeas, que no es más que una habitación de diez metros con dos gatos siameses que lo llenan todo de pelos y de mierda. Doña Veronique me recogió de la calle, yo dormía en un banco, me fichó como amante y como traductor. Soy ex combatiente de Vietnam, alcohólico, y prefiero estar durmiendo otra vez en la calle que aguantar a esta bruja. No paga a los traductores, se queda con todo el dinero para poder seguir operándose, porque está recauchutada por todas partes, me insulta, me pega, me escupe.
No se lava la ropa, sólo la plancha. Se pasa la vida consultando a videntes sobre su destino, pero ahora, Veronique, yo voy a determinar el tuyo. No te soporto, vete a la mierda, me voy, te abandono por mi propia dignidad, y con estas palabras me cargo las tuyas, las que siempre repites, soy una dama, soy una dama…”.
La sala rompió en aplausos y risas. Muchos miraban al techo esperando encontrar una cámara oculta. Veronique fingió un desmayo, falso como todo en su vida.
Las violetas, el trueno, los tres sobres
Cerrados bajo el hueco del bostezo, las
Palabras siguientes al sepelio
Despídete de mi, no queda tiempo
Un tren de cercanías me llevara muy lejos
Te dejaré el incienso hecho cenizas, te
Diré que te vayas si me quedo
Engañaré a un avión y volaré sin él
Resistiré sin tí allí donde me lleve
La estrella de tu mar , la voz de oriente
Escribiré despacio mientras grita
La gente
Me arderán las tres piernas, tu
Sonrisa indolente, las promesas, el verbo
Abandonar, yo
Te dejo.
Para Lys Ll. A., que decidió quitarse de en medio hace ya cuatro años, después de anunciar su suicidio hasta la saciedad.Maravillosa persona, superviviente, alcohólica, drogadicta,bulímica,con todo tipo de transtornos que, a pesar de todo, la hacían especialmente buena, porque era buena como pocas.
Vivió como pudo, murió como quiso.Su libro favorito, "las lágrimas de Eros", lo dejé en Colliure, sobre la tumba de Antonio Machado.Sé que le habría gustado.
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Cada tecla presionada suponía un esfuerzo. El ruído molestaba a los vecinos si escribía de noche, y todo el edificio acabó sabiendo que yo escribía por el inconfundible sonido del teclado.
El carro, pesado y redondo, se movía de izquierda a derecha constantemente. Cada folio, cuidadosamente guardado en una caja de cartón, se agrupaba aumentando grosor. Las copias, hechas con papel carbón, me dejaban los dedos manchados de un negro rotundo. Las hojas, marca "kores", se aprovechaban una y otra vez hasta que no servían para nada. Acostumbraba a guardar esos papeles grabados, letra sobre letra, algo similar al pentimento del pintor. En ellos estaban todos los poemas, todas las historias y todos los secretos.
Tuve una Remington, más tarde una Underwood. Negras, pesadas, elegantes y personales. Le regalé la Remington a mi amigo Jordi Mata, no hace mucho. Supo limpiarla cuidadosamente con petróleo y convertirla en un fetiche para los restos.
Las palabras tenían sonido, un morse particular. Yo conocía la música y los compases rotundos de la palabra "amor", "te quiero", "muerte"...Lo recuerdo, como a las cuartillas y los ornamentos religiosos. Necesarios, hermosos, y para recordar.
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La doble moral no tiene freno. Nos bombardean los medios de comunicación y la publicidad con todo tipo de productos para adelgazar. Llega el verano y aparece la silueta de una mujer pegada a una cinta métrica, en bikini, blanca y delgada, con la promesa de perder cinco kilos en quince días.Todo está preparado para que las gordas adelgacen. Sin embargo, si se está demasiado delgada, te tachan de anoréxica sin más. Y eso es un escándalo, en cualquier caso>? Padecer un trantorno alimenticio es un escándalo? Es el mal de las princesas? ...Cuándo le decimos a un gordo "estás como un cerdo, das asco"? sin embargo, a una mujer delgada se le dice con una facilidad alarmante: "Estás esquelética, das pena, pareces anoréxica, solo se te ven huesos"...no es una falta de respeto y un agravio a la sensibilidad? por qué? por qué se dice, sin más, cuando al parecer media humanidad quiere adelgazar? Está enferma la pricesa Letizia? pues seguramente no. Puede que su constitución sea esa, delgada, y que queme todo lo que come por nerviosismo y ansiedad, pero eso no la convierte en una enferma. La anorexia es una etiqueta que se aplica en cuanto la calvícula sobresale, la cara se afila y se tienen las piernas finas. Se puede estar delgada, delgadísima, incluso flaca, sin estar enferma.Pero es sorprendente con qué facilidad te cuelgan la enfermedad de marras. Teniendo en cuenta que se trata del único transtorno psíquico que puede llevar a la muerte por inanición, parece que el hecho despierta un morbo extraordinario. Por qué es anoréxica? tendrá la regla o ya se le habrá retirado? su marido la quiere todavía o ya le pone los cuernos con una tía maciza? se acostará con ese saco de huesos? Lo ponen todo muy fácil para que la gordita pierda peso, pero terriblemente complicado a las verdaderas anoréxicas, condenadas a muerte por el desprecio, la compasión judeocristiana, el cotilleo patético de muchos y sobre todo, la soledad más absoluta que se puede experimentar. No sólo es el mal de algunas princesas, es el mal de cualquiera, de las que son ellas mismas y no son nadie. Y más, cuando realmente ni siquiera están enfermas.
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Electrica mujer, electrica
Corriente
Temperatura normal, temperatura
Ambiente
Termómetro rectal, pubis del bosque
Clítoris igualado, cabalgadora urgencia
Caballo desbocado, jinetera
Hembra sin calendario
Ogino, todos
Sus calculos.
Salvaje, puta, madre, directora
Geografia util en el ultimo rio
Mala, zorra, vertiente
Lo que calla es el tiempo
La soberbia se agota
Muelle de la victoria, músculo
Turbio , nota
Del clavicordio, clavicula
Calvario
Se revuelve la cruz aprisionando
Ese cuello de virgen profanada
Dios, dios, repite entre la fiebre
Dios, altisimo, pobre, latigazo
Presente.
![]() | La biografía de Eduardo Haro Ibars, muerto en 1988, es el segundo libro que el periodista J. Benito Fernández, adscrito a los informativos de TVE, dedica a un personaje de complicadas relaciones con el mundo y con él mismo. En “Los contornos del abismo” llevó a cabo una investigación meticulosa para reconstruir la biografía de Leopoldo María Panero, dando claves para introducirnos en los ambientes por los que se ha movido el escritor. De aquella investigación surge este “Eduardo Haro Ibars. Los pasos del caído” que fue finalista del XXXIII Premio Anagrama de Ensayo. |
Eduardo Haro Ibars fue poeta, traductor de dudosa eficacia, letrista con la Orquesta Mondragón, periodista y “semiexperto en música y movimientos culturales. Su perfil no es el de un escritor ni tampoco un ideólogo. Más bien un personaje contradictorio y un ejemplo de ciertos comportamientos que cristalizaron en la época de la “movida madrileña”. Un periodo en el que Eduardo Haro se manifiesta en su lado constructivo y destructivo, con aristas siniestras y facetas seductoras. J. Benito Fernández ofrece testimonios de los que le trataron y, con premeditado cálculo, describe momentos que a más de uno que todavía vive para contarlo pueden parecerle comprometedores. No es una biografía complaciente aunque si resulte algo hinchada, quizá por estar menos trabajada que la de Panero. En todo caso, es un testimonio de una época tan excitante como poco sensata en la que muchos de sus protagonistas se muestran ya incapaces para ser dueños de sí mismos y, finalmente, acaban muriendo triturados por los fantasmas y las estrategias fatales para librarse de ellos.
J. Benito Fernández, Eduardo Haro Ibars. Los pasos del caído. Barcelona, Anagrama, 2005, 412 páginas.
Eduardo Haro Tecglen (Madrid 1924), conocido hoy sobre todo por sus periódicas columnas en el diario El País, publicó el 23 de marzo de 2005 un artículo su sección habitual en el que atacaba a la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, Esperanza Aguirre, a raíz del cese de un médico del Hospital Severo Ochoa de Leganés, acusado de provocar la muerte a varios pacientes por mala praxis en la gestión de enfermos terminales. Debido al contraste habido entre el trato al médico español y a los que han desconectado a la estadounidense Terry Schiavo, Tecglen se despachó a gusto descalificando a la presidenta autonómica como «cristianofascista». Este insulto motivó, al día siguiente, una carta de réplica en la que la presidenta madrileña desmiente las acusaciones del columnista de El País, al tiempo que vuelve la acusación contra él, señalándole por haber sido partidario de los totalitarismos más salvajes del siglo XX: «en su juventud fue falangista y estuvo a favor del fascismo y del franquismo, y en su larga madurez fue defensor del estalinismo y del comunismo», señala Aguirre en su carta remitida al periódico El País. Un día después el aludido replicó en una breve Carta al Director del mismo periódico señalando que las acusaciones realizadas por Aguirre son todas falsas, para culminar el 29 de Marzo con un artículo en el que quita hierro a su acusación contra Aguirre y a su supuesto fascismo de juventud, excusándose en que fue obligado por los «fascistas» a escribir a favor del franquismo, cuyos herederos serían los que se le atacan en la actualidad (en clara alusión a Esperanza Aguirre). Debido a que varias de las referencias implícitas sobre el supuesto fascismo o estalinismo de Haro Tecglen son desconocidas para el gran público, incluimos una recopilación de textos sobre esta polémica ordenados cronológicamente, entre los que incluimos un texto de Haro Tecglen, publicado en el diario franquista Informaciones, donde loa la figura de Francisco Franco, así como otro del suplemento «Babelia» de El País, donde hace lo propio con el líder comunista José Stalin, así como algunos comentarios en la prensa española sobre esta fugaz pero sin duda muy reveladora polémica.
Eduardo Haro Tecglen
Dies Irae
Informaciones, Madrid, 20 de noviembre de 1944
La voz de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de fama de la corona fúnebre, la piedra gris del Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo gigantesco coronado por el águila de Imperio que se eleva en la Basílica, lloran en esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánimo, la muerte del Capitán de España.
Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el velo gris de la lluvia y la niebla, y cae sobre la ciudad –lacrima coeli– una llovizna fina y gris.
El instituto, el subconsciente, nos ha repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida, de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección Femenina... La doctrina del Fundador vive en ellos como en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está muerto bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida en la de todos los camaradas de la Falange.
Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo.
Y así, en este día de dolor –Dies Irae– a las once –once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de vuelo de su presencia–, la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado a la Basílica, y, entre la doble fila de seminaristas –cirios encendidos en sus manos– ha pasado al Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha sido depositada sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras el coro entonaba el Christus Vinci y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe muerto, a nosotros nos parecía oír la clara palabra de José Antonio elevarse de allí donde el mármol vela su cuerpo.
Una alegría tenemos; la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó.
Revelaron el mayor secreto de Hemingway
En sus cartas admite que mató a 122 prisioneros alemanes
Por Paolo Valentino
Del Corriere della Sera
Traducción: Mirta Rosenberg
BERLIN.– Si se piensa bien, Günther Grass la sacó barata. Si en abril de 1945, cuando fue hecho prisionero por el ejército norteamericano, el entonces jovencísimo Waffen SS se hubiera topado con Ernest Hemingway, probablemente hubiera tenido el desdichado fin de tantos de sus compañeros de armas.
¿Cuántos fueron esos tantos? Exactamente, 122, al menos según el cálculo (real o imaginario) del escritor estadounidense. Todos eran prisioneros de guerra alemanes, desarmados: Krauts, como los llamaba con desprecio Hemingway. El autor de Adiós a las armas los mató –según dice, con gran gusto– durante el año que acompañó a las tropas aliadas como corresponsal de guerra.
¿Otra más de las tantas fanfarronerías de Hemingway? ¿Otra exageración de un hombre larger than life (más grande que la vida), tan apasionado de la caza mayor como de las corridas de toros, loco por las armas y el boxeo, consumidor insaciable de mujeres, alcohol y cigarrillos? Puede ser. Y Rainer Schmitz tampoco excluye esa posibilidad. Pero el periodista alemán ha querido llamar la atención sobre fragmentos de ciertas cartas del escritor, dos de ellas hasta ahora inéditas en Alemania.
Acaba de publicar con el sello Eichborn su libro ¿Qué le ocurrió a la calavera de Schiller? Todo aquello que usted no sabía sobre literatura, una recopilación excelente y bien documentada de episodios, anécdotas y curiosidades poco conocidas o completamente desconocidas sobre escritores célebres.
Inmediatamente después del desembarco de Normandía, en junio de 1944, Ernest Hemingway se unió al regimiento 22 de la IV División de infantería estadounidense con el grado de oficial. En realidad, no debía contar la gesta de los aliados; en aquel período de hecho ya trabajaba para la OSS , el servicio de inteligencia que antecedió a la CIA.
El trato a los prisioneros
Gracias a su perfecto dominio del francés, el escritor fue gobernador de facto de Rambouillet, a las puertas de París, donde tranquilizó a la población y sobre todo interrogó a centenares de prisioneros alemanes. "Todo muy agradable y divertido", le escribió en el otoño de 1944 a Mary Welsh, que se había convertido ya en su cuarta y última esposa. "Muchos muertos, botín alemán, tantos tiroteos y toda clase de combates", relató.
La carta incriminatoria, que según Schmit no recibió la atención que hubiera merecido, es la que Hemingway escribió el 27 de agosto de 1949, cuatro años después de la finalización de la guerra, a su editor, Charles Scribner.
"Una vez maté a un kraut de los SS particularmente descarado. Cuando le advertí que lo mataría si no abandonaba sus propósitos de fuga, el tipo me respondió: Tú no me matarás. Porque tienes miedo de hacerlo y porque perteneces a una raza de bastardos degenerados. Y además, sería una violación de la Convención de Ginebra. Te equivocas, hermano, le dije. Y disparé tres veces, apuntando a su estómago. Cuando cayó, le disparé a la cabeza. El cerebro le salió por la boca o por la nariz, creo", relató el escritor.
Menos de un año después, el 2 de junio de 1950, el autor de Por quién doblan las campanas volvió a evocar su experiencia bélica en una carta a Arthur Mizener, profesor de literatura de la Universidad de Cornell. Allí hace un macabro balance de su pasión homicida: "He hecho el cálculo con mucho cuidado y puedo decir con precisión que he matado a 122".
Uno de esos alemanes, prosigue diciendo Hemingway, era "un joven soldado que intentaba huir en bicicleta y que tenía más o menos la edad de mi hijo Patrick". Patrick había nacido en 1928, de modo que la víctima debía tener 16 o 17 años. El escritor le cuenta a Mizener que le "disparó a la espalda con un M1". La bala, de calibre 30, le dio en el hígado.
Esta carta no había sido publicada hasta ahora en Alemania. Sin embargo, no existe ningún testimonio que confirme la admisión de Hemingway. Además, tal como aclara Schmitz, "en sus cartas el premio Nobel siempre tendía a la exageración, a alimentar el mito de su machismo".
Pero hasta sus admiradores aceptan que durante la Segunda Guerra Mundial probablemente haya violado las disposiciones de la Convención de Ginebra. Schmitz, por su parte, señala que hasta ahora nadie ha indagado con seriedad en los archivos bélicos para arrojar luz sobre este aspecto importante de la vida de unos de los grandes de la literatura mundial de nuestro tiempo.
El ejercicio de matar
Hay algunos indicios de la fascinación que el acto de matar ejercía sobre Hemingway, que ganó el premio Nobel de Literatura en 1954. "Me gusta disparar con un fusil, me gusta matar y África es el lugar donde puedo hacerlo", le escribió en la primavera de 1933 a Janet Flanner.
Seguramente hablaba de los animales que había abatido durante el safari de dos meses que había hecho ese mismo año, que más tarde inmortalizó en Las verdes colinas de Africa .
Pero más de uno recordará el principio de un artículo firmado por Ernest Hemingway que fue publicado en Esquire en abril de 1936: "Sin duda ninguna cacería es comparable con la cacería del hombre, y quien ha cazado hombres armados durante mucho tiempo y con placer, después ya no siente interés en otra caza".