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Resumen
- 01/07/2008 21:29 - LA MAQUINA DE ESCRIBIR
- 03/07/2008 17:41 - la abuela Silveria
- 09/07/2008 16:26 -
- 11/07/2008 22:33 - cartas amarillas
- 14/07/2008 13:46 - LYS
- 15/07/2008 19:11 - LA TRADUCTORA
- 17/07/2008 11:19 - de Erick Strand
- 18/07/2008 10:25 - EL REY Y ADOLFO SUÁREZ
- 18/07/2008 12:22 -
LA MAQUINA DE ESCRIBIR

Cada tecla presionada suponía un esfuerzo. El ruído molestaba a los vecinos si escribía de noche, y todo el edificio acabó sabiendo que yo escribía por el inconfundible sonido del teclado.
El carro, pesado y redondo, se movía de izquierda a derecha constantemente. Cada folio, cuidadosamente guardado en una caja de cartón, se agrupaba aumentando grosor. Las copias, hechas con papel carbón, me dejaban los dedos manchados de un negro rotundo. Las hojas, marca "kores", se aprovechaban una y otra vez hasta que no servían para nada. Acostumbraba a guardar esos papeles grabados, letra sobre letra, algo similar al pentimento del pintor. En ellos estaban todos los poemas, todas las historias y todos los secretos.
Tuve una Remington, más tarde una Underwood. Negras, pesadas, elegantes y personales. Le regalé la Remington a mi amigo Jordi Mata, no hace mucho. Supo limpiarla cuidadosamente con petróleo y convertirla en un fetiche para los restos.
Las palabras tenían sonido, un morse particular. Yo conocía la música y los compases rotundos de la palabra "amor", "te quiero", "muerte"...Lo recuerdo, como a las cuartillas y los ornamentos religiosos. Necesarios, hermosos, y para recordar.
la abuela Silveria
Todos los niños, o casi todos, hablaban de su abuela como de alguien entrañable, cariñoso y cercano. Yo sólo pude conocer a una abuela, por parte de padre. Escribir sobre ella, pasados los años, me resulta curioso, porque el recuerdo que mantengo en la memoria puede que no sea demasiado simpático, pero sí interesante.
Mi abuela era una mujer altiva y orgullosa. Nunca fue guapa, de hecho era el vivo retrato de La Gioconda.
Jamás me contó un cuento ni jugó conmigo a nada. Su existencia podría parecerse a una novela de las hermanas Bronte. Su madre, Aurora, era una mujer fascinante. Se separó cuando las mujeres no se separaban, fue amante de un torero y musa de escritores y pintores. Tenía un enorme álbum con dedicatorias que mi madre entregó a una casa de subastas y se vendió por un dineral .Aurora, mi bisabuela, ha sido un referente para mí, porque siempre me hablaron mal de ella, y cuanto peor hablaban, más me gustaba.
Era amiga del rey Alfonso XII, tan amiga que le regaló su reloj, de oro macizo y grabado con sus iniciales. El reloj está en una caja fuerte. A cambio, ella le obsequió un bastón con puño de platino. Aurora era recibida en la casa real por su título nobiliario, Baronesa de Charbonier y Pasalagua. Su hija, mi abuela Silveria, dicen que era en realidad hija del torero, pero Aurora le coló la paternidad a su todavía marido. A mí, eso de que la abuela fuera la hija del amante de su madre, me parecía fantástico.
La abuela Silveria vivía con tres criadas, Virtudes, Socorro y Anita. Siempre tuvo servicio porque no servía para nada. Cuesta creerlo, pero no hacía nada, nunca tuvo responsabilidades, ni aficiones ni pasiones excepto el hecho de comer. La abuela comía todo el tiempo. Se levantaba tardísimo, desayunaba, y a la una comía. Le gustaba tanto tragar que se hacía servir todos los platos a la vez para poder contemplarlos mientras engullía sin parar. Una de sus frases célebres era : “ Yo en la mesa, soy hasta soez”.
A las cinco de la tarde se atizaba el primer güisqui acompañado de una barra de cuarto entera y con un queso de camembert untado. Luego seguía bebiendo y fumando chester corto. Cenaba a las ocho y se acostaba por lo menos con seis wiskys. Nunca la ví borracha, tampoco alegre. Su mundo se reducía al gran caserón del ensanche de Barcelona, una mansión de casi mil metros, altanera y dantesca, como ella misma. Los muebles, enormes y de caoba, me producían un gran respeto, tanto como el mayordomo del abuelo, Dimas, que parecía un príncipe. Yo sentía un gran cariño por el chófer, Fernando. Era un tipo muy divertido que me recogía cada día del colegio y me daba caramelos de goma. Alguna vez nos escapábamos al puerto para ver los barcos, pero los abuelos no lo sabían. La casa, fría e inhóspita, parecía un museo. El abuelo Francisco era médico, biólogo y geólogo. Su despacho estaba lleno de condecoraciones honoríficas. Le atropelló un coche saliendo de dar clases en la Universidad Central y los alumnos salieron a limpiar la sangre del catedrático. Con su muerte repentina se descubrió la existencia de su amante, Angelina. Iban juntos cuando el coche le arrolló. La abuela nunca habló de ello. No me sorprendió lo de Angelina, estaba cantado que le ponía los cuernos porque la abuela era una mujer imposible. No tenía conversación, no salía a la calle excepto en contadas ocasiones, normalmente para bautizos, comuniones y funerales. Vestía de negro desde que recuerdo. Todos los martes venía una modista, Andrea, que le hacía batas de estar por casa todo el tiempo. Tenía en su armario más de cincuenta batas negras, largas hasta los pies, de invierno y de verano. Todas olían a lo mismo, una mezcla de naftalina y carne magra rociada de aquel perfume horrible llamado “Maja”, de Myrurgia.
Cuando la abuela enviudó, no volvió a salir a la calle nunca más. Pasaba las tardes mirando por la ventana de la tribuna, criticando a todo el que veía y controlando los movimientos de la casa de enfrente, donde, según ella, unas putas recibían clientes.
La terraza era enorme y una de las vecinas era alemana. Eso es lo único divertido que recuerdo de mi abuela. La alemana no sabía una sola palabra de español. La abuela y yo salíamos cuando estaba la Sra. Schullte, y decía, sonriendo: “Buenos días, Señora Schultte, ya veo que sigue usted siendo el mamarracho de siempre”. La pobre mujer asentía con la cabeza, yo me partía de risa. “ Oiga, cartofen, que no se entera usted de nada, sabe cómo se dice autobús en su idioma…subenestrujenbajen ….”. Un día me hice pis encima del ataque de risa que me dió.
Las criadas, Virtudes, Socorro y Anita, vivían para satisfacer los caprichos de Doña Silveria. “Tráeme una paella de la Barceloneta”, “Vete a buscar un roscón de nata de la pastelería de la calle Pelayo”…comida, siempre comida …un día contemplé cómo se zampaba doce chuletas de cordero y una botella de tinto en menos de quince minutos. “Anita, ya sabes que quiero todos los platos servidos a la vez”. De vez en cuando yo me escapaba a la cocina, que era enorme, para escucharlas hablar. “A ver si revienta de una vez”. “Vieja de mierda, todo el día comiendo y dando órdenes”.
Si algo vinculado a mi abuela ha tenido verdadera presencia y significado en mi vida, fue la Tata Feli. La primera criada que tuvo. Mi cómplice, amiga, compañera y mujer maravillosa. Me hacía polichinelas desde la despensa, jugaba conmigo al escondite, me llevaba al cine y compraba un gran cucurucho de palomitas…Feli era morena, con el pelo muy largo y lacio. Guapa. Aguantaba a la abuela como podía, en realidad creo que fue la persona que mejor la supo llevar. Se casó por poderes y se fue a vivir a Australia.
Su traje de novia fue el primero que ví en toda mi vida, y también la primera vez que ví llorar a la abuela.
Nunca la quise ni sentí nada especial por ella. No se hacía querer y tampoco me pregunté si me quería. Creo que desde muy pequeña me dí cuenta de que no era una buena persona. Odiaba a mi madre y tiranizaba a todo aquel que estaba a su alrededor.
Por mi padre sentía una especie de posesión enfermiza.
Pasaba las tardes frente al televisor sin sonido, siempre sin sonido. Sentada en el gran sillón de orejas, esperando la próxima comida. No leía, no cosía, no tocaba el piano ni hacía nada en absoluto excepto dar órdenes, comer y criticar a todo bicho viviente.
“Mi marido era un sabio”, les decía a las tres, Virtudes, Socorro y Anita. “Perdone, señora, -le dijo Virtudes- hemos estado en el museo de cera y allí no estaba su marido”.
“Por Dios, qué ignorante llegas a ser, cómo quieres que un sabio como mi marido esté al lado de gentuza como el Ché Guevara?”. Y se quedaba tan ancha.
“Yo soy una señora de pies (y se señalaba la frente) a cabeza (y se señalaba los pies)”.
Su voz era rotunda, grave y cortante. Murió como vivió, vieja.
cartas amarillas
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LYS
Las violetas, el trueno, los tres sobres
Cerrados bajo el hueco del bostezo, las
Palabras siguientes al sepelio
Despídete de mi, no queda tiempo
Un tren de cercanías me llevara muy lejos
Te dejaré el incienso hecho cenizas, te
Diré que te vayas si me quedo
Engañaré a un avión y volaré sin él
Resistiré sin tí allí donde me lleve
La estrella de tu mar , la voz de oriente
Escribiré despacio mientras grita
La gente
Me arderán las tres piernas, tu
Sonrisa indolente, las promesas, el verbo
Abandonar, yo
Te dejo.
Para Lys Ll. A., que decidió quitarse de en medio hace ya cuatro años, después de anunciar su suicidio hasta la saciedad.Maravillosa persona, superviviente, alcohólica, drogadicta,bulímica,con todo tipo de transtornos que, a pesar de todo, la hacían especialmente buena, porque era buena como pocas.
Vivió como pudo, murió como quiso.Su libro favorito, "las lágrimas de Eros", lo dejé en Colliure, sobre la tumba de Antonio Machado.Sé que le habría gustado.
LA TRADUCTORA
Veronique vivía en un piso de la parte alta, aparentemente una buena zona. Todo en ella era aparente. Todo. El ático , atiborrado de muebles viejos, que no antiguos, con pretensiones de algo que fue pero que no le perteneció a ella, seguramente heredado de su madre. Espejos de grandes dimensiones con marcos dorados donde ya no se reflejaba nadie, porque estaban ahumados, como si hubieran pasado por un incendio. Sofás cubiertos de telas raídas que ocultaban una tapicería azul, cortinas de flores en colores pastel, como lo que ella pretendía ser, un gran pastel de frutas fuera de temporada, exageradamente dulzón, reconstruído tras las huellas de los dedos de media docena de niños. Si existieran las tartas de segunda mano, por imposible que parezca, Veronique las compraría para ofrecerlas a sus “amigos” en una de las reuniones que ella acostumbraba a llamar “petit comité”, donde una pierna de cordero asada quedaba en el suelo por falta de mesa, y una botella de licor de guindas acompañaba al plato más absurdo. Veronique era absurda, egoísta, quiero y no puedo, presumida, altanera, traductora y francesa. Esto último lo recordaba siempre: “Soy francesa”, una y otra vez, viniera o no a cuento.
Su edad era un misterio y era a la vez su drama. Nunca decía la verdad, y celebraba los cumpleaños sin revelar jamás cuántos cumplía. Tenía pánico a envejecer y a pesar de su paso por el quirófano seguía pareciendo vieja, patética por los liftings, que ya no servían de nada, puesto que la piel parecía papel de fumar a punto de reventar. La última operación, en la que se puso el pecho tieso, la dejó como una momia ridícula: Unos senos de chica de veinte años pegados en el cuerpo de una anciana. Todo en ella era falso, de plástico, artificial, de mentira. Se arreglaba por fuera pero su interior no tenía remedio. Pactaba con su cirujano plástico el pago a plazos de cada intervención, y siempre estaba soltando dinero, pequeñas cantidades mensuales por la última operación, mientras preparaba la siguiente. Cara, cuello, pechos, culo, brazos, liposucciones, manos …si se hubiera quemado a lo bonzo le saldría más barato.
Su “Centro Internacional de Traducciones Europeas” era una habitación de veinte metros cuadrados situada al lado de su habitación, en el ático, donde vivían dos gatos siameses de más de doce años cada uno y con cataratas. Los gatos “Titi” y “Mimi”, estaban siempre sentados en el sillón de Veronique, a derecha e izquierda, durmiendo plácidamente. Bajo la mesa, una urna con las cenizas de su madre. La imagen de la traductora con los dos gatos y las cenizas de la difunta mientras gritaba por teléfono a alguno de “sus traductores”, era digna de la España profunda ó del París de su Francia, según se mire. Porque Veronique acostumbraba a no pagar a los traductores. Se embolsaba la pasta de los clientes y al mínimo error no pagaba. Su paso por los Juzgados por denuncias de reclamación de cantidad estaban a la orden del día. Buscaba testigos falsos y abogados siempre distintos porque terminaban hasta las narices de ella puesto que racaneaba honorarios. Veronique lo racaneaba todo excepto sus operaciones.
Su casa era un nido de polvo, de pelos de gato y de grandes armarios donde se amontonaba su ilimitado guardarropa. También la ropa la compraba a plazos en la boutique de al lado. Vestida de Armani, con las uñas sucias y apestando a perfumes franceses que se mezclaban con aroma felino. Veronique era una gata de uñas negras.
Acostumbraba a tener servicio, pero nunca fijo. Sobre todo para el planchado. La plancha era casi un ritual para ella, y entonces se organizaba todo un espectáculo de calor y vapores mezclado con legañas de gato, ácaros, zapatos con olor a pies, pestazo a coliflor hervida y carne picada, que comía tanto ella como los dos siameses.
“Yo soy una dama”, acostumbraba a repetir mientras maldecía ó escupía a su último amante. Porque Veronique coleccionaba hombres muy determinados. Guapos, más jóvenes que ella, extranjeros y pobres. Los seleccionaba, se los llevaba a su casa y en menos de dos años todos la dejaban, por pobres que fueran. Vivir con Veronique era para darse a la droga dura, aunque ella no soportaba las drogas. No tenía problema con el alcohol, incluso se emborrachaba de vez en cuando, y su concepto de “drogas” no incluía el vino ni la ginebra.
Su último amante, Max, un tiarrón americano que había combatido en Vietnam, era alcohólico. Aprendió a hacer ensalada de flores en la isla de Wang, cosa de la que presumía Veronique en su “petit comité”.
Su forma de atrapar a los hombres siempre era la misma: Se los llevaba a casa, les daba trabajo como traductores, montadores o pintores, ella se quedaba con todo el dinero y no les daba ni para tabaco. Max traducía del inglés y era muy rápido y hábil en las simultáneas. Alto, corpulento, de ojos azules. Un hippie redomado que no encajaba en la vida de la dama traductora. Se pasaba el día encerrado en la habitación de la entrada con el ordenador, entrando en páginas porno y llamando a teléfonos eróticos.
Veronique insistía en “domesticarlo”. Le compró trajes y corbatas. Se lo llevaba a congresos y convenciones. Durante la clausura de un seminario y a la hora de la comida, rodeados de médicos e ingenieros, sirvieron un solomillo. Max no lo pensó dos veces, le pidió ket.chup al camarero , abrió el panecillo por la mitad y puso el solomillo. Los comensales le miraban muertos de risa. Veronique se quería morir. “Yo soy una dama”, repetía. De vuelta a casa, gritaba como una bruja y le insultaba: “Borracho, desgraciado, yo que te recogí de la puta calle, cómo te atreves a ponerme en ridículo de esa manera”.
-La ridícula eres tú, Veronique, vieja chiflada, no me faltes al respeto –respondía él-.
Ella pasaba del grito histérico al aullido de loca : “ ohhhhhh, mis gatitos, Titiiiiii, Mimiiiiiiiiiiiiiiii ….”. Max la miraba con cara de espanto y se encerraba en el zulo de la entrada mientras encendía el ordenador.
Veronique seguía gritando por los pasillos, continuaba insultándole: “Borracho, el día menos pensado te echo de aquí y veremos lo que haces, no tienes donde caerte muerto”.
Max se ponía los cascos para escuchar a Sinatra y ella seguía gritando y repitiendo: “Soy una dama”.
El bueno de Max terminaba dormido en el suelo, sí, en el suelo, cualquier cosa antes que dormir con ella. Nunca tenía dinero encima, Veronique se quedaba con todo. Estaba harto, muy harto. Prefería dormir en la calle antes que soportarla durante más tiempo. Primero pensó en cargarse a los dos gatos, pero los animalitos no tenían la culpa. Nunca le había levantando la mano a una mujer, pero con Veronique estaba llegando al límite. Ella le escupía, le daba patadas, le golpeaba la espalda. Max no podía soportarla más.
Al día siguiente tenía que hacer la traducción simultánea en un congreso político. Veronique estaría allí, sin dar golpe, como siempre, y se quedaría con todo el dinero.
“Yo soy una dama”, repetía Max hacia sus adentros. “Pues voy a terminar con la dama, decidió, yo me iré a dormir a la calle, pero termino con la dama, vaya si termino”.
La sala amarilla del hotel Ritz estaba llena. Políticos, periodistas y traductores, se disponían a inaugurar el congreso. Los camareros, perfectamente alineados, esperaban la señal para empezar a servir el catering. El maestro de ceremonias hizo una pequeña introducción dando lugar al inicio de las traducciones simultáneas.
Max empezó a traducir, o mejor dicho, a hablar : “Buenos días, el congreso me importa un carajo, he venido aquí para que todo cristo se entere de quien es doña Veronique, la vieja traductora del Centro Internacional de Traducciones Europeas, que no es más que una habitación de diez metros con dos gatos siameses que lo llenan todo de pelos y de mierda. Doña Veronique me recogió de la calle, yo dormía en un banco, me fichó como amante y como traductor. Soy ex combatiente de Vietnam, alcohólico, y prefiero estar durmiendo otra vez en la calle que aguantar a esta bruja. No paga a los traductores, se queda con todo el dinero para poder seguir operándose, porque está recauchutada por todas partes, me insulta, me pega, me escupe.
No se lava la ropa, sólo la plancha. Se pasa la vida consultando a videntes sobre su destino, pero ahora, Veronique, yo voy a determinar el tuyo. No te soporto, vete a la mierda, me voy, te abandono por mi propia dignidad, y con estas palabras me cargo las tuyas, las que siempre repites, soy una dama, soy una dama…”.
La sala rompió en aplausos y risas. Muchos miraban al techo esperando encontrar una cámara oculta. Veronique fingió un desmayo, falso como todo en su vida.
de Erick Strand
La compulsión de escribir, a la hora que sea, con el ánimo que sea. Ni una noche sin página. Ley. Oficio de escriba que no llega a escritor. Una más en una retahíla de noches sin sueño que si se pusieran juntas parecería que la humanidad no ha dormido nunca. Carpe Noctem. Recuerdos que surgen del descuido de desconcertadas sinapsis del cerebro. Pongamos por ejemplo: las pulgas de playa asomando de sus pequeños agujeros en la arena y haciendo cosquillas en los pies.
No me interesa en absoluto ver a nadie. No quiero recordar nombres ni personas. Deseo extraviarme por las pretendidas callejuelas del cementerio de Berria y contemplar los insectos sin prestar atención a las inscripciones de las lápidas donde antes jugaba al escondite con mi hermana sin preocupación ni respeto. Tenía la décima parte de años que ahora y no sentía culpa. Ellas me conocen desde siempre y yo conocí en vida a la mayoría de sus inquilinos. Me conformo con observar las plantitas de hoja gruesa que caen hacia el mar como modestos Jardines Colgantes de Babilonia, con la agresividad que da el ser y sentirse insignificante, midiéndose de tú a tú con la marea y el nordeste. No he venido a ver a nadie. He vuelto solo y solamente a sentir las cosquillas en los pies. A sentir.
Han pasado un buen de años y gentes, pero las pulgas perseveran sin que nadie pueda afirmar a ciencia cierta que no son exactamente las mismas que brincaban de niño ante mis pies. Es más que probable que aunque todas me parezcan idénticas, las pulgas viejas recuerden mi nombre o mi olor y se lo digan a las nuevas: Mirad quién ha venido. Lo sabíamos, sabíamos que algún día iba a regresar. Y que salten más despacio y menos lejos, pero con gran alegría. Ha vuelto, os lo dije, ha vuelto.
Esa suma de múltiples pequeñas alegrías debería ser suficiente para hacer una más grande, con aspecto de alegría humana o, cuando menos, de sonrisa sincera y no condescendiente ni forzada. Pero no. Para el universo diminuto de las pulgas soy grande. Pero para el mundo soy una pulga de playa de corteza transparente y apariencia desagradable. Un regresado.
Tal vez este lugar me odia porque le conozco muchos secretos. Sus olores viejos a salmuera, los nombres verdaderos de las calles que cambiaron de nombre y el lugar exacto en que deberían estar las cosas: el submarino, el secadero de redes, la fábrica de hielo. He venido a poner las cosas en su sitio y no me dejan. No es que me lo prohíba el Ayuntamiento. Es que las cosas no quieren volver a donde estaban.
Vamos a llamarla Alma. Tiene otro nombre, por supuesto, que encaja perfectamente con sus interminables ojos azules. Alma es más como de chica pálida, pero por motivos obvios de confidencialidad y porque ya tiene tres hijos grandes y porque si nos viéramos se nos partiría otra vez el alma, llamémosla Alma. Sólo por esta noche. Aunque ella y yo sabemos lo mismo que los del Ayuntamiento: que aunque yo haya regresado y crea seguir siendo el mismo, las cosas han cambiado drásticamente. Sólo el nombre de este lugar –milagrosamente- sigue siendo el de antes. El de toda mi vida.
La vieja fábrica de hielo con su inconfundible tufo a amoníaco y la estridencia de los bloques azules transparentes cayendo al suelo y siendo arrastrados hasta la camioneta de reparto, que expele un humo azul que apesta a diesel mal quemado, se mezcla con el aroma penetrante a salazón de la conservera de los Albo y con el sudor de las mujeres que filetean con maestría la anchoa que llegó hoy mismo a la Venta parida por la panza de una bonitera que vino con mucha mar y riesgo de Terranova y reencuentra a la lágrima del partir con la del regreso, la saliva del beso apresurado con la del desesperado, el olor a cuerpo joven de casi mujer haciéndose hembra auténtica en mis manos, el aroma de Alma y del alma entregada a las caricias adolescentes cuidadosamente ocultas en esa esquina del puerto en la que me encuentro en este momento mientras llueve esta llovizna fina y persistente sobre el alma.
Erick Strand
EL REY Y ADOLFO SUÁREZ

Los Reyes visitan al ex presidente Adolfo Suárez en su domicilio particular para entregarle el Toisón de Oro
La grandeza del ébano era tu longitud, todo tu menester
Cuerpo contra la lluvia y la raíz del junco
Piso, cabaña, casa, ocupa de ti mismo
Señor de los intentos orador por el resto
Un libro, las promesas, una morada errante
Puerto, país, dibujo, notas en el cuaderno
Dame la mano, rompe
La cuerda que presiona tanto pulso
Sigue, que me perdonen
Duerme allí donde el sol se hace benévolo
Allí donde las flores
El zumo y la naranja, los trozos de pan
Seco.
Continúa, no es tarde
Una mujer de nácar te contempla
Tus manos y la fuerza
La lluvia entre los brazos.
Hace mucho de eso, demasiado
Nadie hablaría ahora del pasado
En tu cara el hogar, en el salón
Mulatos
Juegan al dominó, a las damas, al ajedrez
De tantos
Hacen honor al pié como ningún zapato
Tú llegas, sonriente, del trabajo
Y abrazas como nadie
Has cerrado los ojos para pensar de nuevo
Una y mil veces gracias
Por el calor, los cuadros, la cerveza
Salud, amor, intento
Corage e inisitencia. Gracias
Por esta vida entera, te repites. Ya nadie
Podría deducir o imaginar siquiera
Desde tu piel de noble cultivado , la palabra
Patera.

